Buzo, caperuso.

Conocí a Ana en una dating app. Ya ni me acuerdo cuál porque tengo como 7 en mi teléfono. Bumble, Tinder, PoF, OKCupid, Zoosk, y otras más.

Tengo un estilo de vida muy activo. Bastante activo. Pero antes de que me juzguen en este espacio, desde el principio soy muy directo, en todos mis perfiles pongo algo así como “no busco nada serio” o “just for fun”, la neta el método ese me ha funcionado bastante bien desde que me divorcié de Bárbara.

Luego de seis años de relación y dos de matrimonio, tuve la depresión normal por la que supongo que pasamos todos los hombres, salí a lo pendejo, me iba de peda, de viaje con mis amigos, a Las Vegas, a Nueva York, a donde sea que me ayudara a no pensar en Bárbara, luego le bajé a mi ritmo y me entró la tristeza, el alcohol, fumaba mota todo el día… Normal.

Entonces decidí que debía buscarme una distracción. O sea, estar soltero. Pero acompañado.

Poco a poco le fui agarrando el ritmo, me gustaba tener a alguien con quien coquetear por mensajes, intercambiar un par de llamadas, fotos privadas, salir a cenar, beber, coger, y ahí nos vemos después. Lo ideal para mí, en el momento. Esa ha sido mi vida los últimos cuatro años. Incluso he aprendido a dominar el arte de salir hasta con cuatro chicas a la vez, y un par de veces he tenido dos citas en un mismo día. A una la llevé a comer, y luego cogimos, a la otra a un bar y cogimos también. Algo que mis amigos -tanto hombres como mujeres-, todos casados y con hijos, envidian. Me lo han dicho abiertamente, pero les digo que creo que es fácil porque no soy un hombre requisitoso. Me gustan las mujeres de todas tallas, colores, edades y sabores.

Entre tantos y tantos perfiles, fui a dar con Ana Kristina, con K. Una chica asiática que, a juzgar por sus fotos, se veía linda y con una muy buena vida.

Primer foto, selfie, cara y chichis. La segunda, (buen) cuerpo completo en un vestido negro junto a otra amiga. Foto número tres, culo… En la playa. Cuatro, chichis otra vez, en otra playa. Cinco, en un barco con un traje de buzo, traducción: chichis.

Hicimos match y comenzamos la misma rutina. Mensajes, teléfono, foto (mmmm, con unos bastantes kilitos de más, pero me vale madres), salimos a cenar, tuvimos una plática amena, divertida, luego nos pasamos a un bar y me la llevé a la casa en la madrugada. Al día siguiente, en lugar de irse, nos quedamos encerrados en mi cuarto todo el día.

Quise volver a verla el lunes, y el martes. Miércoles… El viernes también nos vimos y volvimos a repetir la primer cita.

Me sentía raro y se me hizo extraño, pero dejé que todo fluyera, Ana se sentía como un hogar que añoraba desde hace mucho, es más, desde antes de mi divorcio. Ella tenía un interés enorme por mí, me hacía sentir diferente, me procuraba pero también me daba mi espacio, me hacía de cenar, salíamos a correr, y poco a poco se fue abriendo conmigo, me enseñaba sobre su cultura y su vida que la esperaba de regreso en Vietnam, vi todas las fotos de su familia, sus casas, sus amigos del club de buceo, los viajes que ha hecho…

Me enamoré. Como a los dos meses le dije que la amaba. Ella, en su acento que apenas le permite hablar español, me dijo, “yo también.”

Como toda pareja nueva, quisimos salir de la ciudad. La quise llevar a Cancún, para que ella pudiera hacer algo de buceo, porque a menudo decía que extrañaba hacerlo -resulta que tiene un certificado de esos que rescatan gente en las cuevas y la chingada. Top shit. Pero mientras buscaba hoteles me dijo que tenía algo importante que decirme.

“No estoy soltera. Bueno, sí. Estoy casada… Mejor dicho, separada. Tengo cuatro años separada, pero todavía vivo con mi esposo. Bueno… mi ex. No vivimos juntos. Vivimos en la misma casa, pero no juntos. Yo vivo en el sótano, porque sus papás me quieren mucho y me dejan rentarles el espacio. Él tiene su vida aparte en los pisos de arriba. No me he podido divorciar porque estoy batallando con la visa. Pero esto ya se resuelve pronto. Te juro que él y yo no tenemos nada. Él es gay. Me fue infiel y yo lo encontré con otro hombre en la cama. Tenemos cuatro años separados. Eso es todo.”

Ver-gas. Ok… Sí, es una bomba de información, pero eso no me va a detener de que salgamos de vacaciones. Sí le dije que la amo, y la quiero mucho, pero este no es mi primer rodeo, solamente tengo estar al tiro. Ustedes no tienen ni la menor idea de la cantidad de mujeres con las que he salido, y cuando me refería a que me gustan de todo tipo, también se me resbala su estado civil. He salido con un chingo de casadas, separadas, divorciadas, solteras, viudas… Y todas ellas me pudieron haber mentido.

Con Ana solamente le tuve que bajar dos rayitas a mi enamoramiento.

Total, nos fuimos una semana a México. Todo el tour gringo, Cancún, Playa del Carmen, Isla Mujeres, pero estando tirados en la alberca en la Riviera, quise agregarla a mis redes sociales. Créanme, me gustaba tanto la cabrona que, con todo y mis 46 años encima, quise subir una foto, con ella, en tierra mexicana, y etiquetarla, que todos nos vieran.

No la pude encontrar en Facebook.

Me dijo, “déjame lo pongo en público” y por alguna razón noté que tenía 3 o 4 cuentas diferentes. De pronto me llegó una notificación a mi pantalla, Ana Kristina te envió una solicitud de amistad. Acepté. Luego me dijo que tenía un Facebook para amigos del trabajo, otro para familia, bla, bla. Tomamos tequila y el sol.

Después de una siesta, me dediqué a tomar. Ella también. Para eso va a uno a un hotel all inclusive ¿cierto? Bajo una palapa, en esos bares que están dentro de la alberca, me puse a pendejear en mi celular y, no me pregunten por qué, quise revivir mi cuenta de Instagram, para hacer lo mismo: subir la foto, con mi morrita, en el caribe mexicano.

Cuando encontré su perfil, lo tenía privado. Lo único que podía ver era una foto de ella en un mini-circulito, y enseguida algunos números. 169 publicaciones (fotos), 562 seguidores, 971 seguidos. Recuerdo, en mi peda, verla ignorar mi solicitud de amistad. A continuación, empecé a malacopear. Me lo tomé personal. La empecé a presionar a que me agregara y de ahí ya no me pudo sacar toda la noche. Yo la veía risueña, burlándose de que estaba borracho y me decía que ahorita, o después que porque se le podía mojar el celular (¿qué no todos los celulares ya son resistentes al agua, en cierto grado?) y así estuve toda la noche, chingue, y chingue, y chingue.

La mañana siguiente me levanté crudo, en bolas, y me fui directo al baño. Me llevé mi celular, porque algo me decía que iba a estar un buen rato sentado. Rutinario. Después de leer el Washington Post, Twitter, recordé la pelea de Instagram y me metí a ver si Ana me había aceptado.

Aún no. Sin embargo, había algo diferente. 109 publicaciones. ¿Qué no tenía 169 fotos? ¿Acaba de borrar 60 fotos? ¿SESENTA? ¿Pensará que estoy pendejo? Salí del baño emputado.

“No, mi amor, son sólo fotos donde salgo fea, muy fea, no quería que me vieras así” y luego me la volteó, “tienes que respetar mi privacidad” y esas mamadas. Le arrebaté el celular e intenté ver sus fotos, pero se puso histérica y empezó a gritarme. Yo también le grité. Le devolví el teléfono porque no pude desbloquearlo. Qué ansiedad me daba que no fuera honesta conmigo. Al día siguiente regresamos a casa.

Dije, a la verga, no me voy a pelear por una red social, tenemos 40 años. Voy a respetar su privacidad, la mujer está 24/7 conmigo, y es lo único que importa. De verdad estábamos todo el tiempo juntos, a excepción de mis horas de trabajo, porque hasta eso, ella trabajaba desde su computadora o teléfono. A altas horas de la noche, porque sus tres negocios estaban en Vietnam.

Con todas las banderas rojas la llevé a la cena de Acción de Gracias. Le presenté a mi mamá, se amaron. Mi hermano me dijo que la cuidara. La llevé a fiestas de cumpleaños de mis amigos, donde Ana y mi mejor amiga se conocieron en una de esas y se metieron una pedota. Todo marchaba bien. Pero luego me cayó el veinte de que yo nunca había ido a su casa.

Lo mismo que con el Instagram y el teléfono, me obsesioné. Mi argumento era que, si ella vivía en el sótano, y el ex arriba, pues ¿qué chingados tiene de malo si yo me quedo ahí? “No, mi vida, no puedo, los papás de mi ex esposo también viven ahí. Es su casa, me daría pena que te vieran ahí, nunca he metido a nadie a mi departamento, por favor no insistas. Son muy conservadores. Quiero respetarles, me dieron un techo cuando su hijo me puso el cuerno, perdóname, qué más quisiera yo…” Porque hasta eso, muchas veces la llevé a su casa (una casotototota) lejísimos de la ciudad, y la dejé en la puerta, la vi entrar y todo el pedo, pero yo no me podía bajar del coche.

Eso me llevó a otra episodio de la relación en donde no dejé de cuestionarle sobre su casa. O sus casas. Me dijo que tenía 3 en Hanoi, en una vive su mamá, otra la renta y la otra -su mansión, ella le llamaba- estaba vacía, porque esperaba regresar pronto a vivir allá. “Y quiero que vayas conmigo, amor”, eso me dijo.

Pese a que era un amor a la ligera -o eso pensaba yo- sentía que me estaba viendo la cara de pendejo. No entiendo por qué no tengo acceso a nada de su vida personal. Por qué tanta red social bloqueada y la madre. De repente, un día, subió 23 fotos a Facebook, todo un álbum que dice lo siguiente (porque todavía lo tengo archivado): “Extraño mi casa. Mi segunda casa en Vietnam no puedo esperar más para volver!!! Es hora de presumir jeje una de mis mansiones. No me gusta enseñarlas pero es bonita y estoy orgullosa de ella. Trabajo duro y dedicación y perseverancia, por qué no?” Fotos y fotos y fotos de muebles. Como si se tratara de un tour por la casa. Solamente en una de esas salía ella, sentada, como edecán de Sábado Gigante, en una cama gigante. El marco de esa cama era de muy mal gusto, recuerdo. Súper ostentosa, pero bueno, ella también vestía medio exuberante, no tengo ningún pedo con eso. Al final supuse que ese post era para mí, para que dejara de estar chingándola con tantas preguntas sobre sus propiedades.

Llámenme pinche enfermo, pero Google tiene una manera de buscar fotos, porque me parecía una foto rara. No era una foto tomada con el celular, parecía como del Google Street (cuando Google te deja navegar por las calles), le tomé un screenshot y arrastré ese screenshot al buscador de imágenes de Google y PUM, PERRO.

Era una casa que estaba a la venta en Utah. Aparecía en varios sitios de vendedores. Tomé un screenshot del portal de Zillow, que exhibía su “mansión en Hanoi” a la venta y se la mandé por WhatsApp.

Leyó mi mensaje al as 11:46 a.m., un par de palomitas azules me lo aseguró. Dejé que pasara un día… Pero nada de ella. Dos, nada. Al tercer día le pregunté qué pedo. Palomitas azules.

Cuarto día, “Ana, contéstame, ¿podemos hablar?” Palomitas azules.

Llegando el fin de semana decidí ir a la casa donde la he dejado varias veces. Toqué la puerta, me abrió una señora ya grande, muy amable.

-“Buenas tardes, soy X, amigo de Ana, vengo a verla.”
-“Ana?”
-“Ana Kristina”
-“Creo que se ha equivocado de dirección. Aquí no vive ninguna Ana, joven.”
-“Sí, he venido a dejarla aquí varias veces… A su casa.”
La señora me vio confundida.
-“Ana, su ex-nuera, ¿supongo? Vive en su sótano”
-“Joven, nosotros no tenemos sótano, lo dejaría pasar pero no lo conozco, creo que se está equivocando de dirección. “
-“Señora, le aseguro que vine en muchas ocasiones a dejar a Ana Kristina. La última vez que vine fue hace dos semanas, un lunes en la noche, y la vi abriendo la puerta de su casa… y decir adiós…”

En eso tuve como una premonición. Nunca la vi entrar. La vi buscar sus llaves en su bolso, jugar con ellas, meter la llave en la perilla, decir adiós… Pero nunca, nunca la vi entrar. Qué pendejo. Ana me vio la cara de pendejo. No podía creerlo. Nunca la vi entrar, ¡nunca la vi entrar! ¡Nunca entró a esa casa!

Me disculpé con la señora, le expliqué lo anterior y me dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta.

Me encaminé al coche en shock, atravezando el jardín frontal, luego pensé que estaba loco y tal vez sí me equivoqué de casa, revisé el GPS pero siempre vine al mismo lugar. Estoy seguro que era esa casa. Me quedé ahí dentro sentado analizando qué putas estaba pasando.

Cuando estaba por prender el motor, escuché a la señora gritarme desde su porche.

-“¡Joven! Venga, por favor.”

Me preguntó por mi nombre y otras cosas, luego me invitó a entrar. En ese rato, mientras yo estaba como en shock, la señora encontró un tanto extraño lo que le había platicado, así que se fue a revisar las cámaras de seguridad. Me dijo que tenía una en la puerta del patio y una en la entrada. Me mostró las imágenes del lunes en la noche, hace dos semanas. Ni ella ni yo podíamos creer lo que estábamos viendo.

Ana Kristina, efectivamente, buscaba sus llaves en la bolsa, sacaba un llavero, tomaba la perilla, hacía un movimiento como de meter la llave y darle vuelta, pero no era una llave, sino un un llavero, volteaba, me decía adiós, se veía claramente cómo las luces de mi coche iban desapareciendo, y luego ella se daba la media vuelta, salía del porche, baja los dos escaloncitos y rodea la propiedad, luego en la otra cámara del patio, se puede ver cómo va desapareciendo rumbo a no sé dónde. Atrás de esta casa hay un parque gigante, tipo bosque y un río. Por si no fuera poco, después de esto, la señora fue lo suficientemente amable de demostrarme que su casa no tenía sótano.

Yo temí hasta por mi vida, esta otra persona por la seguridad de su casa. Le di mis datos personales en caso de que procediera a avisar a las autoridades. Claro que la voy a apoyar si necesita mi ayuda.

No tengo ni puta idea de quién es Ana Kristina. Intenté llamarla miles de veces después de esto, jamás contestó. Después simplemente dejaron de entrar las llamadas. Nunca volví a saber de ella. Sigo sin entender qué pedo.

Q.E.P.D. Ana, si es que ese era su nombre real.

Te invitamos a enviar tu historia
(o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién sobrevivió ante toda adversidad.

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