Perseguir el amor: error.

No voy a decir que lo estuve buscando toda mi vida, porque no es cierto. Lo que sí es que tengo años detrás de él, porque allá cuando tenía unos 21 o 22 años, dije “esto es, así y así, con esto y el otro, es lo que quiero”.

Para como están las cosas en la era moderna, en lugar de pararte en un sitio a esperar a que te volteen a ver, se hace un perfil en línea. Hice el mío, describí quién soy, lo que hago, hasta puse una foto muy decente en caso de quién quisiera juzgarme por mis atributos físicos, lo hiciera a sus anchas.

Fue una búsqueda exhaustiva. Me cansé de las entrevistas rutinarias donde me preguntaban cositas extras aparte de lo que decía mi perfil. Detalles como de dónde soy, cuántos años tengo, qué es lo que ando buscando realmente, cómo me ha ido con otros… Ya sabes, las mismas preguntas de siempre.

Era mayo del año pasado cuando estaba hablando con tres al mismo tiempo. Me emocionaba y hasta me quitaba el sueño porque sabía que, de estos tres, con al menos uno tenía que pegar el chicle. Conforme pasaban las semanas, uno de ellos dejó de buscarme… No pasa nada, me dije, me quedan los otros dos.

Ambos eran muy pero muy atractivos en papel. Los dos buscándome con un interés tan intenso que era abrumador. Los dos me llamaban por teléfono, agendábamos citas y seguíamos platicando para conocernos mejor, haciendo que, cada vez que colgaba el teléfono me sentía torera victoriosa por pasar con éxito lo que yo veía como pruebitas que me ponían cada uno. Guerrera, domadora.

Así fue hasta que uno de ellos me pidió que platicáramos por la cámara… Fue una sesión corta porque él tenía que seguir con el trabajo, pero lo que vi me gustó. Con sólo ver cómo era y un poco el fondo de la pared anarajnada donde estaba, supe su status social, su buen gusto, el buen aire que lo rodeaba. Ya para cuando presioné el botón rojo de colgar, sabía que él era. Él era lo que tanto buscaba. Me enamoré por completo y a ciegas, pero teníamos un gran problema: no estábamos en la misma ciudad, ni siquiera el mismo país. El caso fue que durante esas semanas de telefonear, nos dimos cuenta que para ser felices los dos, yo tendría que empacar mis cosas y mudarme a una ciudad de la que no sabía absolutamente nada. No conocía a nadie… Pero pa’ cuando me lo pidió, yo ya lo amaba. Tenía deseando desde hace años algo que me moviera todo el esqueleto, porque para mí ya era mí mometo de felicidad plena.

Así fue, no sé cómo, que arreglé mi vida en tres semanas. Empaqué todo lo que conocía en un par de malentas y me fui a otro país, otra cultura, otra comida, lejos de todo lo que era mi normalidad por estar con él. “Todos los años voy a Disney, te va a encantar. También tengo boletos para conciertos y juegos de beisbol, aquí te espero para compartir esos mometos”, cositas así me decía, para endulzarme la decisón, supongo.

Me subí all avión y recuerdo ver por la ventana semi-ovalada un mar. Ni siquiera sabía que estaría tan cerca de un cuerpo de agua salada. El nervio de sudor frío empezó cuando puse un pie afuera del avión, pero ignoré el sentimiento.

A partir de ahí fluímos de maravilla. El primer par de meses dormimos en un cholchón inflable que empujamos hacia la esquina de un cuartito que también encontramos en línea. Era lindo, tenía dos ventanas enormes con una vista a las mismas ventanas acortinadas del vecino. Me dediqué a hacer de este espacio nuestro hogar aunque durmiéramos en el piso y tuviera la espalda destrozada. Qué va. Era feliz caminando todos los días con él, conocí a sus amigos que, aunque se tardaron en aceptar el lenguaje y humor de esta extraña mexicana, al rato se conviertieron en mi pequeña familia, muy pero muy lejos de la mía.

Eso sí , todos los días hablaba con mis padres y mis hermanos. Estaban preocupados, felices y nerviosos por mí porque ya no era una niña a la que podrían detener, menos si estaba convencida de encontrar el amor de mi vida. Yo también les extrañaba, por supuesto. Todo el tiempo estaba conciente de que dejé por perseguir el amor, algo de culpa había en mí… Pero valía la pena.

Todo esto pasó en verano, vi llegar un otoño que para México sería más bien invierno, y eventualmente un invierno que para el Polo Norte supongo que es un día como cualquier otro. Pero era feliz. Muy feliz con él. Tanto que, incluso en Navidad, cuando fui a casa, extrañaba mi nueva vida. Fueron 10 días lejos de lo que ahora consideraba mi hogar.

¿Que dónde está la tragedia o por qué estoy aquí? Ya voy, pero es preciso detallar lo mucho que lo amé, porque creo que se lo merece. Creo.

Allá por enero las cosas se pusieron tensas en cuanto regresé de mis vacaciones familiares. El ambiente ahora se sentía turbio, gris, como si hubiera una niebla pesada y verde en cada habitación donde pisábamos. Mis nuevos amigos también lo empezaron a notar, algo que nos tenía preocupados con el miedo constante de que se acercaba un final. Quién sabe de qué.

El 8 de marzo, nunca lo olvidaré. Estaba con mi amor, mis amigos, en el bar de simpre, hablando justo de nuestras preocupaciones y la rareza de lo que sea que andaba en el aire, no sé ni cómo explicarlo… Y ni vale la pena, no se preocupen por saber.

Dejé mi cerveza en la barra para ir al tocador, pero cuando estaba de vuelta, él me pidió hablar en privado afuera del bar. Al parecer todos sabían de lo que se trataba, menos yo y me senti en el foco de una habitación oscura. Me dijo que ya no me quería aquí, así de simple. “No es nada personal, pero ya no te necesito, ya no te quiero aquí”… ¿Cómo? Primero que nada, es terrible cuando alguien te dice que no es Nada Personal, porque siempre lo es. Claro que es personal. Esto era entre él y yo, y él estaba con una nueva cara, determinado a decirme que ya no me quería.

Lo oí hablar como 10 minutos seguidos, pero eso no significa que lo escuchara. Mi mirada se dedicó a ver la nada, mis sentidos lo bloquearon mientras me dio razones. Lo único que recuerdo pensar era en cómo no vi esto venir. ¿Cómo fui tan estúpida y dejar mi vida en México por él? ¿Por qué no pensé en qué pasaría si me echa un día a la calle? ¿A dónde voy a dar? ¿Con quién podré buscar ayuda? Sus amigos no son mis amigos. No tengo un sistema de soporte en este lugar que no conozco. ¿Y ahora qué?

Sentí tanta pena y humillación que decidí no regresar al bar. Fue el peor Día de la Mujer para ser mujer. Me fui corriendo a casa. Literalmente corriendo, pues esa niebla pesada ahora era un horizonte muy claro y había un viento aunado a mi ira que me empujaba a correr.

Tuve que despedirme de este amorío de 8 meses en menos de 8 minutos, aquel 8 de marzo. No me voy a quejar de ese mero día porque gracias a Dios fue un viernes y bebí hasta que el llanto se transformó en sueño. Estuve tres semanas acostada en mi cama sin moverme, salvo para ir al baño unas cuantas veces. Bajé 9 kilos. Lloré hasta secarme.

Sé que carezco de detalles, que faltan las pequeñas cosas para justificar esta historia, pero no me interesa ahondar en eso. Los hechos aquí se van a quedar, porque al final aquí es donde descansará el alma.

Ahora estoy aquí, un par de meses después no volverlo a ver, con pocos amigos, aprendiendo un idioma distinto, tratando de adaptarme con el poco dinero que ahorré. No sé nada de él, ni cómo está, ni cómo le va, ni cuáles fueron sus verdaderas razones, porque nunca regresó a casa por sus cosas o por este desastre que soy. Apenas me puedo preocupar por mí, qué chingados me voy a interesar en lo que esté pasando él.

¿Regresar a casa? Ni pensarlo, ya lo había “logrado”, presumí mi felicidad a los cuatro vientos. No había ni una sola persona que no estuviera feliz por mí. No puedo soportar la idea de que lo tuve todo y fue por tan pocoo tiempo. Otra vez. Salvo en esta ocasión que, mi gran error, de perseguir el amor.

…Él nunca me persiguió.


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