Un hombre que sabe lo que es ser mujer.

Ya no es para mi sorpresa que en la mitad de una conversación la gente me diga, “Siento que estoy hablando con una mujer”.

Crecí en una familia donde vivíamos muy a las afueras de la ciudad. En una enorme casa vieja en el desierto. En ella vivíamos tres generaciones. Sabía que mi abuelo era también mi padre y que también era el padre de mi mamá, pero no sabía que había algo de malo en ello. Lo que sí sabía -y odiaba- era que, cada vez que nos deteníamos a poner gasolina al coche y no teníamos suficiente dinero, mi madre o cualquier otro de mis parientes, me mandaba a hacerle sexo oral al tipo que estuviera atendiendo en el mostrador.

No recuerdo cuando eso empezó, ni creo que importe, pero yo tendría tal vez unos cuatro o cinco años cuando aprendí a hacer este “servicio” para mi abuelo también. Recuerdo que solía decirme que yo debería de ser su nieta. No sé por qué. Tal vez se sentía extraño haciéndole esto a un niño, así que mi madre empezó a vestirme como niña y a llamarme como tal. Pero cuando iba a la escuela, aunque usaba ropa de hombre, no tenía amigos.

Luego supe que mi familia era aquella que otras familias le advertían a sus hijos de no meterse con nosotros, y por lo tanto, nadie quería jugar conmigo.

Tan pronto tuve la madurez como para escapar de mi casa, mentí sobre mi edad, y me uní al ejército. Me sentí tan seguro ahí… Nadie me tocaba, nadie me decía qué hacer, a nadie le tenía que dar sexo oral a cambio de algo. Vaya, nunca me sentí seguro en mi casa, y creo que salirme de ahí fue lo primero que me salvó.

Cuando regresé de mi entrenamiento, renté un cuartito en la ciudad, y me di cuenta que en la esquina de mi edificio había un centro de ayuda para la mujer, donde varios grupos hablaban de muchos temas, incluyendo el abuso sexual en la niñez. Fue un shock para mí saber que esto le había sucedido a alguien más.

La terapeuta me explicó que una vez que las mujeres empiezan a hablar entre ellas, descubren que esto sucede con demasiada frecuencia; aunque no sólo a las niñas les pasa esto.

Como las sobrevivientes necesitaban ayuda pero no podían pagar las terapias, esta terapeuta juntó al grupo -y yo me uní; éramos seis mujeres y yo. Ahí descubrí que no fue mi culpa, porque algo siempre vivió dentro de mí diciéndome que yo había sido responsable de mis propios traumas. Yo me había puesto de rodillas miles de veces. Yo fui la decepción de mi abuelo y de mi madre. Yo, yo, yo, yo.

Al poco tiempo, empezaron a correr rumores en la ciudad de que nuestro grupo estaba ventilando secretos de nuestras familias, lo que causó la ironía de que el mismo centro de ayuda para la mujer corriera a nuestra terapeuta. De todas maneras, ella continuó juntándose con nosotros a escondidas, o en sesiones privadas.

Me vistieron como una niña, y viví creyendo que era mujer hasta los ocho años, así que nunca me sentí con un verdadero hombre -como mi abuelo. Pero como dijo mi terapeuta, es porque nunca me identifiqué con mi agresor. Si me hubiera identificado con él, probablemente yo también me hubiera convertido en un abusador.

Es terrible ser la víctima, y además creer que el único valor que tengo es de ser un objeto sexual -sin ayuda, muchas niñas crecen aceptando ese destino. Pero algunos niños crecen abusando de otras personas porque creen que esa es la única manera de ser un hombre. Eso es culpa, es estar asustado por creer que serás llevado a la cárcel si dices la verdad, es cortar toda empatía, es todo lo que hace tan difícil salirse de ese lugar dañino. Yo lo sé. Yo estuve ahí.

No me considero un hombre con suerte, pero estoy feliz de haber terminado con el abuso sexual en una sola generación. Esto pudo haber continuado hasta no sé cuándo.

Soy una persona extraña. Un hombre que viste botas vaqueras, camisas de cuadros, mis manos huelen a tabaco, soy un “hombre de rancho”, pues. Pero también soy un hombre que sabe lo que es ser una mujer. Desde el abuso sexual, la discriminación, el acoso, la cero libertad de expresión, la lucha de identidad, el aislamiento, la violencia física… Todo.

Nadie, hombre o mujer, debería de pasar por esto.

Q.E.P.D. El abuso en mi familia.

Te invitamos a mandar tu historia (o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién se enamoró y sobrevivió toda adversidad.

Fotografía por María Ferráez
“Oaxaca, México”

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