Él, mi jefe. Yo, su amante.

Hace dos años conocí a la persona que dividiría mi vida en un antes y después de lo que soy. Estaba en los últimos semestres de mi licenciatura cuando me contactaron de una empresa para realizar mis prácticas profesionales. Jueves 8 de octubre, todavía lo recuerdo. A las 3:00 p.m. fue la hora en la que entré a la oficina. Ahí estaba él, vestido de negro, apoyando su brazo derecho sobre el escritorio y el izquierdo fungía como base
para apoyar su barbilla.

“Disculpa, vengo a entrevista, ¿es contigo?”, pregunté, a lo que él acertó. Cerramos la puerta y comenzó la entrevista.
Pese a todas las preguntas que me hizo, yo sólo pude ver lo perfecto que era para mí, pues cumplía todos mis requisitos para catalogar a alguien como un hombre ideal: alto, de tez aperlada, delgado, dueño de una bonita sonrisa y sobretodo, un buen sentido del humor.
Fue una entrevista de lo más bizarra, porque pareciera que lo conocía de tiempo atrás, reímos bastante, incluso estuve al borde de las lágrimas por una buena carcajada. Fue
una química increíble, y naturalmente, desde ese día sentí que este sujeto sería importante en mi vida.

Entré a la empresa un 15 de octubre y todo iba bien, bastante bien, diría. Nació la amistad en las primeras horas que empezamos a conversar, pero claro, yo me cuidaba de no verlo con ojos de amor tan descaradamente puesto que era mi jefe y debía guardarle un respeto.
Pasaron las semanas y él ya metía las manos al fuego por mí cada vez que se presentaba un problema en la oficina. Está de más decir que yo por él también. Lo que fuera necesario.
Con el paso del tiempo la relación jefe-subordinada ya se había convertido en una amistad fuera de horario de trabajo, por lo que un día platicando por WhatsApp me dice, “Oye, hablo más contigo que con mi novia. Me gustas.”

Exacto, mi jefe tenía una relación de ocho años con su amor de la facultad, pero ¿qué les
puedo decir?, yo ya estaba enamorada de él y le confesé que también me gustaba.

Viernes 18 de diciembre, terminando la posada del departamento nos dirigimos a mi casa, ahí empezaron los días más felices de mi vida: nos confesamos el amor que sentíamos el uno por el otro y en ese momento a mis apenas veintiún años decidí convertirme en su amante. Eran días llenos de amor, pasión, aventura, adrenalina, al final de cuentas era amante de mi mejor amigo y del mejor novio que existía, o al menos así lo veía yo. Ah, y de mi jefe también. Era todo en uno, estaba muy enamorada de él.
Pero bien dicen, lo que empieza mal termina mal.

Su novia se dio cuenta que manteníamos una relación, fue un desastre. Sin embargo, como mujer enamorada y esperanzada a que un día la iba a dejar para ser completamente para mí, decidimos continuar pero con más discreción. Los moteles se
convirtieron en nuestro pequeño hogar cada día que nos veíamos, los domingos cuando estaba solo en su casa aprovechábamos para asar carne y tomar cerveza solos o con amigos.
Conforme pasaban los meses nuestra relación mejoraba, fuimos a varias fiestas juntos y a la boda de su mejor amigo, y sí, todos sabían que éramos amantes pero siempre recibimos comentarios positivos hacia nuestra relación puesto que su noviazgo ya estaba muy fracturado.
De ser una relación mal vista por su familia al final me convertí en la mejor opción para él ante ellos y le decían que dejara a su novia para estar cien por ciento conmigo ya que era yo la persona que lo hacía feliz.

Nunca la dejó, la situación me sobrepasó.

Nos dejamos, caí en depresión, sentía que las lágrimas se me terminaban de tantas veces que lloré por él mientras al mismo tiempo le rogaba que la dejara y estuviera conmigo.
Tanto fue mi desespero que por fin la dejó, y aunque seguía teniendo contacto con ella ya no eran novios, ya era MI novio.
Pero esa felicidad duró poco, porque a los pocos días ella regresó a reclamar lo que era suyo y continuaron su noviazgo, así que volví al primer cuadro donde nosotros mantuvimos nuevamente nuestra aventura.

No era fácil. Los viernes a partir de las seis de la tarde ya no existía para mí porque la veía a ella; los sábados estaba disponible hasta las 7:00 p.m. porque iniciaba el partido de su equipo favorito. Todo era en base a sus horarios, pero lo soportaba porque lo amaba.

Tiempo después conocí a una persona que un día leyó un mensaje de él en mi celular y como de costumbre me gritó enfrente de todos. Me exigía alejarme de él y después de la humillada, al día siguiente no podía faltar su mensaje de,”Buenos días mi amor.”

Convertirse en amante de alguien no es algo sencillo, menos si es tu jefe y compañero de trabajo, tu mejor amigo y la única persona capaz de hacerte sonreír con el sólo sonar de su nombre.
Creí aguantar esta situación aún y cuando él decidiera casarse y formar una familia con alguien que no sea yo, pero no, estaba equivocada, y no en amarlo, hasta la fecha es la persona por quien daría todo y no me cansaría de repetir esta historia porque el tiempo que duró fue muy bueno.

No, no hubo un final feliz, de hecho no ha habido un final porque lo sigo amando con las mismas fuerzas que aquel 18 de diciembre del 2015 cuando confesamos nuestro amor.
Ahora hablamos poco, cambió de empleo, no sigue con la misma mujer pero tampoco está sin ella, y sigue empeñado en hacer lo mismo conmigo.

Yo empecé a reanudar mi vida otra vez, pero ha sido de lo más difícil deshacerme de las huellas que marcaron sus besos y de los eternos momentos llenos de risas. No, no me acostumbro a esa vida donde no puedo escribirle, a no buscarl para que escuche todo mi día, a no recibir su llamada todas las noches antes de dormir o en la madrugada para decirme que me ama y que no puede estar sin mí; extraño cada fin de semana que le mentía a ella o apagaba su celular para que no lo localizara y poder estar los dos las horas platicando, tomando, fumando, riendo, abrazándonos, besándonos, haciéndonos el amor y mirándonos a los ojos con la felicidad tan grande que nos unía.

Nadie jamás será siquiera lo mínimo que lo fue y es él para mí. Sin embargo seguir juntos no era una opción ya, en esta historia el amor no nos llevaría a un “Felices para siempre.”

Ella en cambio, por derecho de antigüedad y la costumbre que los une, tiene la oportunidad de aprovechar cada maldito día a su lado como a mí me hubiera gustado hacerlo pero no, sólo vive desconfiada, y entiendo, con justa razón, después de todo no fue un simple engaño, la dejaron por mí.
Pero ya fue, ya pasó, ya no nos une más que nuestra amistad y el amor frustrado que nos tenemos y/o nos teníamos. Pero ella no lo entiende, me busca constantemente para saber la verdad, suplica que le cuente todo lo que he vivido con el hombre que compartimos, y pues, aquí tienes tu respuesta, Cintya.

Q.E.P.D. Éste triángulo amoroso.

Te invitamos a mandar tu historia (o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién se enamoró y sobrevivió ante toda adversidad.

Fotografía por María Ferráez
“Oaxaca, México”

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