Quien espera se desespera

Es más fácil contar el inicio de una historia que el final. Me he dado cuenta que describir el principio de un amor nos puede llevar párrafos porque nos gusta dar los detalles de todo lo que era feliz. He notado que aquí el 70% de un relato son épocas bellas que hasta como lector enamoran y enganchan. Por eso simpatizamos todos… Luego el final, son un par de párrafos y una reflexión, porque cuesta invocar los destrozos que los hoy enterrados dejaron. Traté de ser más específica al final, pero recordar es volver a vivir, y…

Samuel y yo nos conocimos en el aeropuerto, en uno de esos vuelos retrasados donde no queda más que platicar con la persona que también espera a un lado. Después de tres horas de estar sentada, nos anunciaron que el vuelo estaría retrasado otras dos. Apenas teníamos como 20 minutos platicando cuando nos dijeron que sería eterna la espera, entonces él me invitó por un café y una dona al Starbucks de la sala B. Ahí platicamos de cosas sin sentido, muy poco sobre nuestra información personal -después de todo era un desconocido que no esperaba volver a ver-, la nevada que estaba a punto de caer, política, las razones del viaje, etc.

Cuando por fin subimos al avión, resultó que yo estaba en la fila 14 y él en la 15. Sonreímos. Justo antes de despegar, Samuel le preguntó al señor que venía a mi lado si le importaba cambiar asientos, y así fue cómo empezó otra plática sin parar de tres horas y media, donde ahora sí platicamos de nuestros trabajos -dio la casualidad que los dos somos químicos-, le dije que yo soy divorciada, él estaba separado en el momento, él ateo, yo judía, cosas por el estilo.

La verdad es que no es el tipo más guapo, y él lo sabe, por lo que es extremadamente gracioso y encantador. Tanto así, que cuando bajamos del avión se ofreció llevarme a mi casa, pero le tuve que decir que no. No sé por qué. Me daba como que un poco de cosita, porque la realidad es que seguía casado, separado desde hace meses, pero muy casado, y por la experiencia que tuve con mi exesposo, donde juntos y separados me puso el cuerno a diestra y siniestra, preferí darle mi teléfono en señal de que sí me gustaría volver a verlo.

¿Se fijan cómo he dado tanto detalle de lo que fue el inicio? Le podría seguir. Podría decir qué traía puesto, cómo se ve, el olor a alfombra vieja y café que nos invadía en el aeropuerto, el tipo de consultoría que da, etc.

Para no meterme en detalles que no importan, a los dos meses nos seguíamos viendo. Poco, porque su demandante trabajo lo obliga a estar cuatro o cinco días fuera de casa, pero eso no importaba, porque cuando venía, yo era un prioridad total. Que si a comer, que si una cenita por allá, un drink acá, incluso una vez me invitó a patinar en hielo, y así, pero la segunda vez que fuimos a un bar, fue cuando tuvo el valor de decirme lo mucho que le gustaba y la verdad ese gusto era correspondido. Sin embargo, le dije que me sentía incómoda por su situación con su esposa.

-Tenemos ya más de siete meses separados, linda, no vamos a volver. Ella ya tiene su vida con alguien más y a mi me gustaría conocerte.

Fueron sus palabras exactas. Luego me besó.

Comenzamos, en contra de todo lo que yo me había prometido, una relación de aires adolescentes. Caminábamos por el parque tomados de la mano, íbamos al cine, me invitaba a lindos restaurantes, y su galantería siempre iba por delante de todo. Cómo no me iba a enamorar.

Cuando pasas por un divorcio e intentas rehacer tu vida al lado de otra persona, el 100% del tiempo estás ya alerta intentando no cometer los mismos errores, porque los identificas e instintivamente haces lo debido. Este era mi caso con Sam, y supongo que de su parte vivía con ese mismo fantasma. Nunca nos peleamos, me regalaba rosas amarillas -mis favoritas- cada que podía, yo trataba de idolatrarlo y hacerlo sentir importante -algo que me faltó hacer con mi ex-, PERO, no quise “consumar” nuestra relación hasta que él tuviera los papeles del divorcio en la mano.

La primera vez que lo intentó, sé que le cayó como un balde de agua fría cuando le dije que no quería tener relaciones aún, pero se portó muy comprensivo, hasta prometer que iba a acelerar el proceso para que pudiéramos estar juntos, porque “no hay nada más que quiera en este mundo”.

Es muy cierto que el hombre llega hasta donde la mujer quiere, pero al hombre también le encantan los retos. Cada vez que nos veíamos, de una u otra manera insinuaba algo sexual (no de una manera grosera, ni mucho menos, más bien como deseo), que a mí también me aceleraba la sangre. Cada vez que yo tenía que decirle que no, era un incentivo más para los dos. Por eso nunca lo invité a mi casa, ni acepté ir a la suya. Yo necesitaba esos papeles.

Así duramos cuatro meses arañando las paredes… Traducido en unas seis o siete veces que nos vimos, donde no se cansó de repetirme que el divorcio estaba cada vez más cerca.

En uno de sus viajes, me dijo que del aeropuerto se iba a ir directo a mi casa porque me tenía una sorpresa. “Arréglate, ponte un vestido lindo,” me dijo, “que hoy vamos a celebrar.” Yo sabía que era el divorcio, claro. Esas fueron las dos horas más largas de mi vida… Me acuerdo que estaba lloviendo a cántaros mientras lo esperaba sentada en el recibidor de mi casa. Me perfumaba cada 20 minutos.

Cuando escuché el taxi llegar, el pobre, sin paraguas, cruzó el jardín de enfrente corriendo hasta la puerta. Cuando la abrí, estaba muy acelerado, levantó un sobre amarillo y sonrió. Lo jalé hacia adentro, cerró la puerta, lo besé, le arrebaté el sobre de la mano para aventarlo, le quité el saco, me quitó el vestido, y… Sucedió. Noche mágica. El mejor sexo que he tenido en mi vida.

Ahora sí, éramos una pareja real. A excepción de tantos viajes, todo era miel, aunque la verdad es que eso hacía que nos extrañáramos más y “la llama siempre estaba encendida.”

Conoció a mi familia (yo no conocí a sus padres porque vivían en Wyoming), y a mis mejores amigos; seguido nos escapábamos a pueblos románticos o cabañas, las rosas amarillas seguían llegando… Felicidad pura.

Un año y medio después, un domingo cualquiera, hice una venta de garage para vender unos muebles y cosas que ya no necesitaba. Una de mis queridas vecinas siempre estuvo enamorada de un librero que tenía en la entrada, y me ofreció un buen precio por él aunque no estaba la venta. Cuando tratamos de moverlo cayó al piso un sobre amarillo. Yo ni me acordaba de él, pero luego conecté que eran los papeles del divorcio de Samuel y esa noche de locura, cuando lo aventé, cayó encima del mueble.

Como era un sobre tamaño oficio, y se sentía que las hojas eran tamaño carta, lo abrí para guardar los papeles en una carpeta. Aparte, cierto es que era morbo también. Quería saber en qué condiciones terminaron o qué le correspondía, porque nunca hablábamos de nuestras exparejas.

Le di vueltas al hilito rojo, abrí el sobre… y las hojas estaban en blanco.

Eran siete hojas en blanco. No había divorcio. Sólo hojas en blanco.

Samuel estaba de viaje, para variar. No me contestaba el teléfono. Me entró un ataque de ira, porque necesitaba saber porqué habían  hojas en blanco donde se suponía que había un divorcio firmado.

Para no entrar en detalles, tengo un amigo que trabaja en Tránsito y tiene acceso a la base de datos de todos los automovilistas. Le pedí que me buscara a Sam y la dirección que tenía registrada. BINGO. No tenía la dirección del departamento que yo visitaba, sino la de la casa donde vivió con su ex.

Eso fue un lunes, así que el martes avisé que llegaría tarde a la oficina. Me paré a las siete de la mañana enfrente del domicilio que me había dado mi amigo.

Lo vi salir de la casa, despedido por un largo beso de su esposa, subiendo un niño como de cuatro años al auto. No sé qué me dio por seguirlo… Tal vez sería arriesgado. Lamentablemente no le podía chocar el carro porque venía el pequeño en el asiento de atrás.

Unos cuantos minutos después, en la parada de un semáforo me puse justo a su lado, le pité, volteó a ver y como que tuvo que parpadear un par de veces para asegurarse que era yo y no un fantasma. Le levanté la mano en señal de saludo, y en la luz verde me fui. No me siguió, no me llamó, nada. Es más, ya nunca lo volví a ver.

 

 

Feliz Día de Muertos, estimados lectores.

Te invitamos a mandar tu historia (o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién se enamoró y sobrevivió ante toda adversidad.

Fotografía por María Ferráez
“Oaxaca, México”

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