Terapia de pareja

Diez años dentro de un matrimonio cualquiera podrá decir que es difícil mantener el romance. Mi esposo y yo estábamos pasando por esos momentos, pero vaya, sabíamos que era normal. No había por qué alarmarnos. Es decir, si nuestro hijo de seis años pasaba la noche con mi suegra, sabíamos aprovechar el tiempo. Aunque a veces nos quedáramos dormidos, más aún había esa cercanía y calor.

Por esta “sequía” mi marido, _________, y yo decidimos empezar un nuevo hobbie juntos: ciclismo. No fue difícil convencerlo porque él ya llevaba varios maratones recorridos, a los dos nos gustan los deportes y la urgencia por salir de la rutina se había convertido en necesidad.

Para mi sorpresa, reconectamos rápido de alguna manera porque hasta comprar el equipo y buscar un club o un entrenador fue divertido. Eso nos tomó un par de semanas, hasta que un sábado a las 5:30 de la mañana ya estábamos listos en lo alto de la montaña armados hasta los dientes con nuestras nuevas bicicletas. Nuestra entrenadora y líder del grupo, Andrea, una profesional en el deporte de unos cuarenta y tantos, nos presentó con los otros cinco. Amables personas, casi todos de nuestra edad -el más chico tiene 24 y el más grande es mi esposo, 37- unos buscando bajar de peso, otros simple distracción, por hobbie… Nosotros eramos los únicos que íbamos por querer esquivar el consultorio de un terapeuta matrimonial.

Y ¡vaya que nuestra terapia funcionó! Todo estaba de maravilla, volvimos a la luna de miel. Es más, éramos novios otra vez. Él se volvió más tierno, tenía más energía, regresó a ser más detallista; yo perdí algunos kilos, honestamente también me sentía de fábula. Nuestro matrimonio dio un giro de 180°, y la vida no podría ser mejor.

Adoraba las mañanas, levantarme y ver a mi “nuevo esposo” en la cocina con el desayuno listo. A veces encontraba rosas en el parabrisas de mi camioneta o un collar de perlas escondido en algún cajón.

Yo también devolví los detalles… Como toda novia enamorada. Los tres vivíamos la perfecta película americana. También nos volvimos cercanos a los chicos del grupo de ciclismo, donde hice una conexión especial con Andrea y Julia, una de las chicas. Mi esposo, por supuesto que se encariñó con Lalo, el menor, porque también corría en motocross. En resumidas cuentas, nos volvimos una especie de familia.

Rodadas, triatlones, cumpleaños, torneos, sábados, todo lo compartimos. Era un grupo sano. Nada podía salir mal.

Já.

Esa luna de miel duró como un año más o menos. Sí, pasó un poco más de un año cuando empecé a notar que _________ ya no tenía el mismo carácter. Yo estoy consciente que ninguna luna de miel es eterna, pero el cambio en su humor fue demasiado drástico porque empezó a comer compulsivamente, dejó de ser amigable con nuestro bebé, sus inasistencias a las rodadas comenzaron a ser más comunes, hasta que perdí la cuenta de cuántas veces le llamó a su jefe para decirle que estaba enfermo -que no era cierto, sólo jugaba FIFA en su pijama todo el día.

¿Que si le pregunté qué le sucedía? Claro, muchas veces, pero las mujeres sabemos que hay un límite para preguntarle a su pareja qué es lo que tiene. Empujar a un hombre a contestar algo que no quiere, tiende a ser peligroso para nosotras.

Al platicarlo con Julia y Andrea llegamos a la conclusión de que probablente sería la crisis de los cercanos 40 o algo así.

Yo seguí con mi “vida normal” esperando a que se le pasara. Dejé de estorbarle, pues.

Una noche invité a las chicas a la casa. Andrea no pudo venir porque se sentía mal, pero Julia y yo compartimos un par de botellas de vino en el patio. Tal vez tres, ¿cuatro? Yo sabía que tendría una resaca del demonio desde la quinta copa mientras platicamos sobre nuestras vidas. Su nuevo novio, las ofertas en Zara, la nueva peluquera que se mudó a dos cuadras –y el guapísimo de su hermano-, impuestos, etc.

Cerca de la media noche le platiqué lo mal que está __________. Se podría decir que empecé a malacopear porque tenía en mente entrar a la universidad para hacer una maestría, pero a como estaban las cosas, no podía confiar en él porque ¿quién me ayudaría con el niño? Llevarlo a la escuela, sus tareas, las clases de pian-

“No. No puedes,” me interrumpió demasiado ebria. “No puedes invertir en eso ahorita. Es un mal momento.” Sí, yo sabía que era un mal momento. Necesitaba tener a mi familia en pie antes de comprometerme a algo nuevo, se lo dije, pero lo que vino después de su boca se me quedó tatuado.

Andrea va a ser mamá. Mi esposo es el padre de la criatura. No sé cuántos minutos me tomó procesarlo. Tuvieron una relación de un año, más o menos… Estaban enamorados en mi cara. Andrea vino no sé cuántas veces a mi casa, salimos ella y yo a cenar, al salón, de compras, a entrenar miles de veces. Conocí a su mamá. Era mi amiga, MI AMIGA, pero también era el viaje de negocios y los “tengo muchísimo trabajo, llegaré tarde” de mi marido, era el collar de perlas, era la culpa que él no podía aguantar, ella fue la razón de mi matrimonio casi perfecto y ahora, de la depresión que él carga.

Enloquecí por completo. El que Julia me lo dijera en medio de la borrachera, entre lágrimas, suplicando perdón por no haberme dicho antes, no ayudó nada. Me hervía la sangre. Quería golpearlo. Por primera vez en la vida sentía deseos reales de matar a alguien. No sé si a él o a ella… O a mí.

No recuerdo exactamente qué me dijo, pero logró calmarme, susurramos los gritos y las preguntas, me abrazó, en algo mencionó a mi hijo y entré en los pocos cabales que me quedaban. Julia tenía razón, no podía enfrentarlo en ese momento borracha y con el niño en la casa. Debía esperar y así lo hice, no sé cómo, por varios días.

No es secreto: compartir la cama con alguien que ya no le tienes afecto es deprimente. Más con alguien que te humilló y con quien estás todo el tiempo enojada. Entre su depresión y mi encabronada, el ambiente se puso muy tenso en la casa. Como si una neblina verde, maloliente y pesada nos invadiera en cada habitación.

Pero primero debía encargarme de Andrea.

Continuará…

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