Lo sigo amando

Iván me dio los mejores 13 años de mi vida. Nos conocimos en una noche helada en un baresucho por la Juárez. El Capo Azul. Yo iba a ver a mi amiga Natalia cantar por primera vez acompañada de una banda de jazz que ya estaba haciendo ruido en varias ciudades del sur de México. Siempre ha tenido una voz preciosa.

En ese ambiente que los bohemios trataban de rescatar a finales de los ochenta, vi a Iván sentado 100% concentrado en su gin & tonic. No estaba ahí como el resto de nosotros para ver a Natalia y los Sparks. Tenía los dos codos sobre la barra, sobre una mano recargó su barbilla y con la otra daba vueltas al mezclador para adelantar el diluir de los hielos.

Llámenlo romántico, nostálgico, solitario, o como sea. Me atraía su traje azul, su cabello largo y los lentes de pasta. Era sin duda el hombre más guapo del bar.

En mis pinches sueños tendría una oportunidad con ese hombre. No soy guapo, nunca he sido de cuerpo esbelto, sé mis propias limitaciones. Pero como todos los que nos tocó vivir de ese lado de la nube, tengo mi corazón y mi carisma. Tengo qué. En esta vida no se puede ser culero y feo al mismo tiempo.

Terminó la noche, Natalia bajó del escenario para llevarse los aplausos a casa. En el camino le platiqué del misterioso guapo de la barra. Y después me dijo que era un pendejo por no haberme acercado. En mis pinches sueños, le dije.

Un par de semanas después Natalia volvería a cantar con los Sparks. Volví a apoyar a mi amiga y volví a ver a Iván en la barra haciéndole el amor a su bebida. La particularidad de esta noche es que ahora yo estaba ahogado de borracho por un estúpido desamor de hacía años. De esos que nunca desaparecen, y sin embargo nunca están, ah, pero cuando regresan hasta la Tierra se parte en dos. Bien. Ahogado. Las veintitantas cervezas me dieron el valor de pararme enseguida de Iván. No recuerdo qué pasó, ni qué le dije, solo me despertó el olor a hotcakes con mantequilla y abrí los ojos en el sillón de Natalia al día siguiente. La hermosa siempre me hace desayuno cuando pierdo la conciencia.

Qué fuerte es escuchar de otra boca las pendejadas que hace uno en completo estado de ebriedad. Siempre me describen a un desconocido imprudente, con cero inhibiciones. Hey, pero ahora te funcionó, regresaste hasta tatuado, me dijo Nat. Pensé que había cometido la estupidez de tatuarme pero no, ella se refería al número que traía en el brazo. Era el teléfono de Iván. No lo podía creer, pero tampoco quería saber cómo lo logré.

Un par de días después me armé de valor para invitarlo a cenar. Después de dos eternos timbres, contestó. Estuvimos unos minutos platicando en el teléfono pero antes de que yo lo invitara a cenar, me ofreció ir a su casa por una taza de té. Bueno… Té será. Qué raro, pensé. Nadie nunca me había invitado a tomar el té, pero sonaba romanticón.

El resto es historia. Fue la noche que cambió nuestras vidas. Resulta que Iván, dentro de toda su introversión es un arquitecto que odia dibujar, huérfano, amante de las películas de Dolores del Río, con un vicio a jugar damas chinas. Ah, y propietario de una carta uno de los Zares de Rusia que compró en una venta de garaje en un viaje de trabajo a Philadelphia. Era un hombre diferente. Intrigaba a seguir escarbando dentro de él porque costaba sacarle las palabras, pero pronto me di cuenta que si uno sabe apretar los botones correctos, no hay quién lo detenga.

Ese día de regreso a casa sonreía como tonto por haber conocido a tal calidad de persona. Si no le gusto y por lo menos quiere ser mi amigo, me daré por bien servido, pensaba. Si le gusto y termina por romperme el corazón, vale madres, seguro valdrá la pena. Yo quería ser parte de su vida, pero yo ya había montado esa carreta varias veces y sé que hombres inalcanzables como él no se fijan en mí. Pinche noche llena de cuestionamientos mientras daba vueltas en la cama. ¿Cómo le voy a hacer para escabullirme en su vida? ¿lo invitaré a cenar ahora sí? ¿le llamo en un par de días para verme casual? ¿y si le regalo un juego de mesa?

Sonó el teléfono de la cocina. Eran las 2:39 a.m., seguramente una emergencia. Esas son siempre las llamadas que uno teme en la mitad de la noche y siempre son malas noticias. Aparte era 1989, nada de identificadores y esas cosas. Menos celulares. Antes nos hablábamos a horas decentes y no se podía contactar a alguien a menos de que se le llamara a su casa. El camino desde mi habitación a la cocina fue espeluznante porque no podía imaginar quién había muerto.

La paz llenó todo de mí cuando escuché la voz de Iván. Me dijo que había tenido una velada amena y que quería seguir conversando. Nos dieron casi las seis de la mañana pegados al teléfono. Mi cuestionario pendejo se hizo cenizas porque esta era la señal de que yo también le gustaba. Ahora yo le conté sobre mi gusto por las carreras de caballos, la música de Cher –duh-, los documentales de la Guerra Civil, las novelas de Italo Calvino y una que otra historia sobre mi querida abuela, que en paz descanse.

A partir de ahí conversaciones no tuvieron fin. Yo, como siempre, me enamoré rápido… Pero era cauteloso, porque uno siempre aprende a putazos y por la mala, así que me costó mucho trabajo dejarme ir por sus encantos pero sin dar rienda suelta. Es difícil de explicar. Sabía que este hombre hermoso tenía todas las cualidades para hacerme cachitos de la noche a la mañana. Como quien dice, solo estaba esperando el trancazo.

Por ahí de octubre de 1990 comenzamos ya a involucrar nuestros mundos. Yo asistía como su pareja a sus conferencias de arte, inauguraciones de museos o edificios de su firma, y él también entraba de mi brazo a cumpleaños de mis amigos y cenas de trabajo con los cónsules o invitados internacionales. No voy a mentir: me llenaba de jubilo entrar a un evento y que todos lo voltearan a ver, porque luego las segundas miradas se dirigían hacia mí. “¿En serio viene con él?”, sé que se lo preguntaban. Yo respondía con miradas de orgullo al ver a este maravilloso ser caminando alrededor de mí.

Era como una película de Woody Allen. Al poco tiempo nos mudamos juntos a un bonito departamento en la Del Valle. Era muy pequeño, pero nos teníamos el uno al otro y con eso bastaba. Todos los días Iván se levantaba antes que yo solamente para hacerme el café. Era amor, porque lo único que él desayunaba era un cigarrillo. No tenía la necesidad de hacerme mi café, pero me amaba. En agradecimiento yo le lavaba la ropa, porque era algo que él odiaba. Sonará pendejo, pero cuando me veía colgar sus camisas me besaba la frente.

El 9 de agosto de 1992 nos comprometimos, Natalia fue nuestra madrina de honor, hicimos una pequeña cena en un restaurante para celebrar con nuestros amigos lo que nosotros declaramos como matrimonio, por los tabúes de los 90. A partir de ahí nos empezamos a presentar como esposos. Viajamos a la India para nuestra luna de miel sorpresa que yo le preparé y estando allá el último día, Iván me enseñó los boletos para ir a China. “Eres muy malo con las sorpresas”, y era cierto. Desde el principio él sabía que lo llevaría a Bombay y en automático me llevó al país al que yo siempre había soñado ir.

Historias así tengo para aventar al viento. Sería imposible contar los 13 años a su lado, pero lo que apenas llevo escrito son los recuerdos más preciados que tengo.

Claro, como toda pareja tuvimos nuestros altibajos, pero Iván estaba convencido de que no se iría a la cama sin un beso sincero, así que por más empuado que yo estuviera, arreglábamos el problema que teníamos enfrente. A veces hasta prendía uno de mis inciensos favoritos para que me calmara, pensando que no me daba cuenta. Pero de alguna manera funcionaba. Aparte la mayor parte del tiempo yo terminaba por ceder, porque me daba pavor perderlo. El orgullo es una de las pendejadas más grandes del mundo que puede poseer una persona.

En fin, así  le dimos la vuelta al mundo. Nuestros trabajos nos llevaron a vivir a Michigan, Seattle, Guadalajara, Bogotá y Los Ángeles. En ese orden.

Mi vida cambió el octavo mes en California. Un 13 de julio de 2003 Iván me estaba haciendo el café, y acababa de colgar el teléfono para desearle un feliz día del padre al viejito que cuidó de él en el orfanatorio, Don Benito, quien nunca estuvo muy de acuerdo con nuestra unión, pero vaya, poca gente lo estaba. Yo me encontraba en la barra de nuestra cocina poniendo al corriente el libro de nuestras cuentas, y al fondo se escuchaba Perfect Day de Lou Reed. Al colgar el teléfono, lo vi moverse con ritmo, pues amaba esa canción. Yo sabía que era cuestión de segundos que me extendiera la mano para bailar. Siempre lo hacía. Estaba a unos siete pasos de mí en su bata azul y sus pantuflas favoritas.

Me quité los lentes, sonrió como siempre, me extendió la mano, y luego se desvaneció en el piso. Corrí a levantarlo pero Iván se me había ido. No respondía, sus ojos se quedaron en blanco, lo acomodé en el sillón y llamé al 911.

Mi Iván sufrió una embolia pulmonar. Según los paramédicos no hubiéramos podido hacer nada para salvarlo, porque esas cosas pasan en segundos. Un coágulo que se originó en una de sus piernas viajó hasta sus pulmones y me lo arrebató para siempre.

A más de 10 años de su partida, aún me duele ver un documental, escuchar a Lou Reed y trato de evitar a toda costa el olor a jazmín, sus flores favoritas. Sí, fue difícil ser viudo tan joven. No sabía cómo hacerlo porque nadie tenía siquiera a alguien cercano a mi situación. Me costó años acostumbrarme a su ausencia. Además me acostumbré a su impregnante olor que aún vive en mis cajones que pocas veces los abro porque no quiero que se vaya su esencia.

Maldije a Dios por años por haberme quitado sin aviso al amor de mi vida. Es un sentimiento que no le deseo ni a mi peor enemigo tener que escoger la lápida del amor de su vida o soportar las miradas de lástima de amigos y familia. Natalia insistía en dormr conmigo, pero yo sólo quería que me dejaran en paz para llorar cuanto me diera la gana. Nada te prepara para regresar del funeral a la habitación vacía donde leíamos en las noches, o veíamos nuestras películas favoritas. Ni se diga el despertar al día siguiente sabiendo que no fue una pesadilla.

Todavía escucho su caminar, a veces uso sus lentes para leer. A veces lo extraño tanto y otras tantas lo sigo amando.

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