Todavía tengo tus discos

Cómo camban los tiempos, me dijo mi madre cuando le avisé que viajaría sola a la Gran Manzana. Tengo 29, nunca había ido, mis amigas se están comprometiendo, yo estoy lejos de eso. Siendo chef, parecía ser imperdonable que no conociera New York.

Tomé un vuelo uno de esos días de Febrero, como si fuera la primera vez que subía a un avión. Es más, pedí el asiento junto a la ventana conciente de que no tomaría ningún líquido para ir al baño.

Luego de una larga siesta me despertó una güera para ofrecerme un refresco. No thanks. Ya no volví a conciliar el sueño. But thanks for waking me up… Un ratico despues vi la isla de Manhattan. Erguida e impresionante como en las postales. Yo juraba que al bajarme del avión me recibirían como Jackie con alfombra roja y algún imitador de Sinatra me cantaría New York, New York. Ansiaba escuchar las trompetas.

Nada de eso sucede para los que viajamos en clase turista, entonces la puse lista en mi iPod solo para dar play en cuanto bajara.

Me fui derecho a la banda para recoger el equipaje que tardó 17 minutos en llegar. A mi lado había una mujer ya con varias décadas encima. Serán unos 70 años, o de plano fuma muchísimo. Mientras veía desfilar otros equipajes, noté que, quien se presentó como Rosemary, cargaría con varias cajas.

Sentí empatía y deber por ayudarla. Nada me costaba esperar las cuatro cajas que venía cargando desde Cancún para ponerlas en su carrito metálico. Ya allá afuera alguien la ayudará, seguramente.

En cuanto terminé mi obra buena del día, me despedí de Rosemary, pedí un Uber y salí inmediatamente a fumar. Jeff will arrive in 13 minutes. Eso son dos cigarros, como mínimo.

Eran las 11:30 de la mañana con un clima no helado, lo que le sigue. No sabía si lo que salía de mi boca era humo o vapor. Helado.

Casi congelada, ni bufanda , ni guantes, ni mi enorme abrigo ayudaban. Cuando estuve a punto de prender el segundo cigarro para medio olvidar mi pronta hipotermia, vi a mi derecha a Rosemary empujando su pesado carrito. Obviamente corrí a ayudarla, pero justo en el momento levantó la mirada, me saludó alzando su mano, mientras un coche gris con las intermitentes encendidas se estacionaba en la acera y un sujeto intervino para ayudarla.

Mientras el chico subía las maletas a la cajuela, Rosemary le dijo algo al oído. El hombre sonrió, abrió la puerta del copiloto para la señora, la ayudó a subir, cerró la puerta, la cajuela… Entonces caminó en mi dirección.

Hey, thanks for helping mama. I really appreciate that, me dijo con su voz ronca. Seguramente sonreí como tonta. Era un tipo de buen ver. No guapo, pero tenía una bonita sonrisa y era my alto. My name is Keith, agregó.

-Hi Keith. Mónica.
-My sister’s name is Monica. Is somebody picking you up?
-Yes, I’m waiting for my Uber driver- le enseñé la pantalla.
-Where are you going?
-Brooklyn

Tomó mi celular, canceló mi Uber y dijo, We are taking you to your hotel. It’s on our way, so please let me do it as a thank you.

Arriesgado, sí, pero me subí era porque también iba Rosemary.

El camino a mi hotel fue raro. Yo quería ver la ciudad pero se volvió una entrevista mutua. Rosemary había ido a Cancún a visitar a Monica, quien se había casado con un español y ahora vivían en el caribe. Era su primera vez. Eso explicaba las cajas llenas de recuerditos y botellas de tequila. Keith no fue a la universidad porque no tenían dinero, se unió a la fuerza aérea, pero tras un accidente en el ojo tuvo que retirarse para abrir una tienda de records. Música. Muy de los 90. Sí, hubo una época cuando la gente iba a comprar música a lugares. Cargábamos todos con Walkmans y casettes, luego nos veían con carpetas llenas de CD’s en las fiestas. Nostalgia musical absoluta.

Me dejaron en la puerta del hotel, Keith bajó mis maletas. Nos dijimos adiós.

Confieso que pasé el resto del día caminando por la ciudad, comiendo en la calle, visitando galerías pero ell pensamiento invadido con un poco de decepcioón pensando que me pediría mi número o algo así, pero nada. Aún cuando llegué exhausta en la noche, seguía preguntándome qué pasó, hasta que me convencí de que ella probablemente le dijo al oído, recoge a esa pobre muchachita que me acaba de ayudar, y ya.

Seguí con mi viaje cultural/culinario en la ruidosa ciudad que nunca duerme. Me enamoré un par de veces de gente, lugares, situaciones, perritos, olores, y muchos etcéteras.

El tercer día tenía planeado salir temprano, desayunar un bagel y comprar unas botas de lluvia porque el Weather Channel reportaba nevada. Blizzard.

Medio dormida todavía, el botones que usualmente está justo en la entrada me gritó, Ma’m! Me acerqué a él, me extendió un papelito y dijo, This is for you. You are miss Monica, right?

Lo abrí. Leía: Would you have dinner with me tonight? (770) XXX-XX-XX Best, Kieth.

¡Vicoria! De inmediato le mandé un mensaje. Quedamos de vernos en el lobby a las 8:00 p.m., luego corrí lo más pronto que pude a una pequeña tiendita donde encontré un vestido de 9 DLLS. Floreado, bastante decente. Nada formal. Me arreglé y lo esperé afuera.

Comezó a nevar. Cero me importó el frío. Un Peugeot gris se estacionó en la acera, y del coche decendió Keith, vistiendo una gabardina café oscura.

Me llevó a uno de esos restaurantes con una gran vista, allá por el piso 80 y tantos. Mientras nos traían nuestras bebidas sonreímos incómodamente acreedores a nuestra situación de dos completos desconocidos compartiendo la mesa.

Gracias a un par de tragos la plática comenzó a fluir. Me platicó sobre su familia, su divorcio, la cicatriz en su ceja, su obsesión por la música que lo llevó a abrir la tienda de records… De ahí en adelante nos perdimos en el mundo ochentero. Yo le conté sobre una inolvidable noche que platiqué con Marti Jones en un bar y él platicó la minuta del concierto de R.E.M. hace no sé cuántos años. Se nos fueron las horas entre cátedras mutuas de Dixie Chicks, LL Cool J, Aretha Franklin, and so on.

Era tanta música y tanto whiskey con 7Up, que juré estarme enamorando de Keith alrededor de la 1:45 a.m.

Un poco mareados decidimos salir a caminar, en el frío -que ni tan frío, sólo caían plumas de nieve, pero el aire estaba ausente- para buscar algún puesto que nos vendiera un hot-dog o un kebab y que él no tuviera que manejar en estado de ebriedad.

Conseguimos unos burritos con queso amarillo y arroz para llevar que nos comeríamos después en los escalones rojos de Times Square. Ahora sí me podría enamorar, pensé mientras Keith me abrazaba “para ahuyentar el frío.”

Más pláticas musicales del día que compartí el elevador con uno de los Beach Boys, y su crush con Madonna joven. Reíamos a carcajads recordando cuando uno tenía que llamar a la radio para pedir una canción, esperar por ella, rezar a que el locutor no interrupiera la rola, para presionar los botones REC y PLAY al mismo tiempo. O tener que cargar de un lado al otro una grabadora. Las que no necesitaban enchufe eran de tecnología de punta, pero había que ponerles pilas C o D. No me di cuenta en qué momento nos dieron las 4:30 de la mañana.

Me llevó a mi hotel, le di un beso en la mejilla y me bajé del coche. Subi como zombie a mi haitación para dejarme caer en la cama con todo y vestido. La clave estará en que mañana me mande un mensaje, entonces ahí y sólo así sabré si es amor. Ese pensamiento me arrulló.

Me despertaron al tocar la puerta como a las tres de la tarde. Dormí tanto… Pensé que sería la mucama, por lo que esperé a que abrirera la puerta para gritarle que regresara más tarde. Pero no, seguían tocando. Me tuve que parar para ver qué se les ofrecía…

El recpcionista me entregó una caja. Good morning, miss, luego se fue. La puse sobre la cama para abrirla: habían seis viniles adentro. En su envoltura original. Roxanne Shante, Hank Williams, R.E.M., Lou Reed, Velvet Underground, y Lucinda Williams.

Le mandé un mensaje a Keith. Una foto de “recibidos” y “Thank you so much, I love them all”. Era amor.

Como a los 20 minutos me contestó, Who are you? How do you know Keith, and why do you have his records?

No contesté. Me asusté ¿Qué debía responder? Parecía que alguien me estaba reclamando a sus espaldas. Esperé a que mandara un mensaje en un tono un poco más familiar o que me explicara qué sucedía. Esperé. Esperé y esperé.

Sabrá Dios qué era, pero no era amor. Jamás volví a saber de él.

Todavía tengo los discos.

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