Todo lo que una mujer desea (y un hombre no)

La gente ya no suele conocerse como antes. En una era donde todo está al alcance de un aparato que consume el 80% de nuestro tiempo, es tan sencillo esquivar el hambre, la ansiedad, la ignorancia, y más imporante: la soledad. Inválido decir en pleno 2017, ‘estoy sol@’. No es cierto, ya nadie está solo. Se aisla el que quiere. Todo está en bajar una aplicación de citas, crear un perfil con las mejores fotos tapizadas de filtros en Snapchat -lets face it, son los mejores- y voilá: presas frescas. O autosabotaje. Según sea el caso.

Eso aplica perfectamente para alguien como yo que NECESITA de estas herramientas cataclísmicas porque soy una mujer educada, soltera, sin hijos, rascándole a los 31, independiente, autosuficiente, latina, alcohólica social, lectora, trotamundos, políglota: todo lo que un hombre no desea.

Compaginado a que acabo de llegar a la gran ciudad, o sea que tengo un par de amigos (uno de ellos casado con una arpía, así que no cuenta) y la otra, también mujer ejecutiva que se niega a dejar el rancho volando todos los fines de semana a ver a su familia en provincia.

A tres meses de pasar cada viernes viendo House of Cards, uno empieza a añorar el calor humano, la interacción, el olor a cigarrillo, una plática amena sobre unos tragos. Aparte uno puede pasar hasta cierto número de horas en Netflix. Es entonces que hace unas semanas me subí al vagón de Tinder.

En mi pueblo es una abominación, cosa del diablo por que todos se conocen y el cielo no permitiría que uno ande en público ofreciendo la amistad -¿”amistad”?

Con la motivación de que nadie me conoce aquí, que hay cerca de 30 millones de habitantes, estaba segura de que alguien debe de estar igual de solo que yo, cansado de la rutina. Comencé el interminable swipe-to-the-left: no, no, nope, jajaja no, NO, no, NO MAMES, no, no, nope, ¿otra vez tú? no, meh (swipe right), no, no, ¿vegetariano? no, NO, jajajaja nunca, no…

Horas. Horas se me fueron acostada en mi sillón juzgando a todo hombre que se me pusiera enfrente. Nadie le echó ni poquitas ganas a sus fotos o a las descripciones horroríficas en su bio. Estaba a punto de rendirme hasta que apareció Tom.

Me llamó la atención que tenía una foto, claramente sacada de Google, de un hombre con un traje Polo y corbata. No se veía más que su pecho y un poco de su cuello. Era la única foto, pero la curiosidad mató al gato cuando leí en su biografía: Felizmente casado, pero busco una descarga sexual. Sólo propuestas serias y discreción.

Yo, psiquiatra, me llenó de curiosidad platicar con este sujeto. Sirve que me entretenía mientras esperaba mi sushi en pijama.

Tan pronto hicimos match, lo saludé y las cosas empezaron a fluir, sin embargo, no soy ninguna tonta para saber que la química escrita es muy sencilla; hay que sentarse de frente para saber si hay compatibilidad, pero antes de que le preguntara qué lo traía a esta oscura red, rápidamente me dijo:

“Oye bueno, al grano, te cuento mi situación. Tengo nueve años casado, amo a mi esposa, pero no hay sexo, entonces yo lo busco por otros lados, ¿qué opinas?”

Le dije que honestamente no tenía opinión, que era un punto válido, su vida, sus cosas, después de todo ¿quién era yo para juzgarlo? Tampoco le iba a hacer un diagnóstico médico. Siempre he pensado que cada quién hace de su vida un papalote.

Dicho eso, el hombre quedó asombrado de que no huyera, le gritara que era un patán para con su familia, o que no lo reportara como inmoral al corporativo de Tinder.

Continuando con mi aburrimiento y fisgoneo en la vida infiel de este personaje, me fui enredando en la historia. Obviamente no me iba a meter con un hombre casado, pero le seguí el juego.

¿Cómo ves? ¿le entras?, preguntó. Está bien, respondí mentirosilla luego de varios minutos.

Luego terminó por decirme que, “Hay varias cosas que necesito que mantengas presentes: 100% comunicación, discreción, tener siempre en cuenta que esto es puro sexo y nada más.”

Genial. Ahora solo me faltaba verle la cara. Le di mi número para que me enviara una foto que él estaba más que dispuesto a compartir.

Se me salió un En la madre, el tipo está guapísimo. No puedo describir cómo es por respeto a las cláusulas, pero les aseguro que esos milagros no pasan en Tinder. Irreal. Suponen bien que eso cambia todo el juego, por más superficial que sea, pero en esta sociedad así vivimos. Es como aquella tesis de ¿y si Christian Grey hubiera sido feo, el libro tendría la misma popularidad?

Todo ese día estuvimos platicando por WhastApp conociéndonos, me dijo que tenía una empresa que vende café, realmente no tiene 36 como dice en la red, tiene 39, le gusta el golf, es judío, tiene dos perros… hasta que le llegó la hora de abandonar la oficina. “Preciosa, me voy, este celular se queda aquí como podrás entender. Te hablo mañana.”

Player, experto en la materia, tiene dos celulares. Classic cheater.

La sorpresa fue que se me hizo eterna la noche. Era imposible sacarme de la cabeza a Tom. Hmmmm… Tom… ¿Tom? Inicié una búsqueda incansable por dar con el CEO de la compañía mencionada (sé que más de dos han de estar leyendo esto en uno de sus negocios), hasta que me cansé y dejé anotado en un Post-It el nombre de un posible candidato porque más tarde conecté los puntos: su nombre real tampoco era Tom. No le convenía usar su cuenta personal de Facebook para su alter-ego.

A las 7:00 a.m. de la mañana me saludó, pero sin desearle un lindo día, rápidamente pregunté si su nombre real era ___________. Una jugada arriesgada de mi parte porque pensaría que soy una psicópata -la línea con ‘psiquiatra’ es muy delgada.

“Sí, guapa. Me encontraste :)”

Uff… Un loco para otro loco. Seguimos con las pláticas en horarios de oficina, el filtreo, las confesiones, luego yo me tuve que ir a Guadalajara a un congreso, me recomendó una serie de lugares y restaurantes porque le encanta la ciudad, allá tiene varias franquicias que visité, a veces me dejaba mensajes por Tinder a altas horas de la madrugada cuando se levantaba “al baño”, etc.

Todo esto yo asegurándome que no me iba a meter con un casado, cuando sin darme cuenta ya estaba más que involucrada, pegada al celular esperando mensajes de este hombre prohibido. Llovía más adentro que afuera. Había mucha afinidad, diversión, morbo.

La veradad regresé a la ciudad con toda la ansiedad de verlo, total, ni modo, ya estoy aquí, ya soy parte de la infidelidad, me he convertido en una “capilla” porque quiero y porque sí. Por puta, también.

Hace pocos días lo vi en un Sanborns a las 11:00 a.m. jugando un papel de vendedor-cliente (porque todos los judíos se conocen aquí y porque yo quise saber si era real antes de irme a la cama con él). El tipo más guapo entró por la puerta a la hora acordada. Tomamos un té, discutimos “cuestiones de mercado” entre sonrisas maquiavélicas, hasta que me dijo, “Entonces, licenciada, ¿le gustaría ser parte del negocio?”

Pagó la cuenta, cada quién subió a su coche, lo seguí hasta un hotel de Reforma, me mandó un mensaje dándome instrucciones mientras yo esperaba en el estacionamiento, pasé por mi llave a recepción, y una vez cerrada la puerta nos sonreímos cuales adolescentes nerviosos para luego besarnos.

El resto es historia.

El detalle aquí es que, de acuerdo al reglamento, esto es sexo y nada más, pero él me frecuenta, me busca para contarme cosas personales (nunca tienen que ver con la esposa e hijos -de quienes le pedí no saber absolutamente nada, no sé ni cuántos tiene ni cómo se ven), ha sido un gran apoyo emocional por ser nueva en la ciudad, un día me envió flores a la oficina, sé dónde está a todas horas porque él me lo hace saber, me cuenta sus fantasías más locas, los mensajes a escondidas en la madrugada continúan, y un sinfín de detalles que me indican que no sólo no tiene sexo en su hogar, tampoco hay intimidad.

Yo, ni cerca de sentirme culpable, por si alguna mujer casada me está juzgando en este momento. Al contrario, disfruto cada detalle de mi ahora amante-carente-de-atención, además de la adrenalina que me causa su audacia por encubrir dos vidas. O tres. O las que seamos.

Siempre defendí que la infidelidad es una cosa horrible porque a mí me rompieron el corazón de esa manera, varias veces. Pero nunca digas de esta agua no beberé, porque el hidratante es inteligente, caballeroso, guapo, buen amante, generoso y prohibido: todo lo que una mujer desea.

Q. esto no D.E.P.

Te invitamos a mandar tu historia (o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién se enamoró y sobrevivió ante toda adversidad.

Fotografía por María Ferráez
“Oaxaca, México”

 

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