Placer a campo traviesa

Sam y yo nos conocimos en una boda, al parecer. Yo digo que fue la tarde del café por que esa fue la primera vez que yo vi sus ojos verdes dueños de mi salud mental. Él jura que nos topamos en la boda de Gerardo y Paty.

Según él pisó mi vestido provocando una actitud amenazadora de mi parte donde a él sólo pudo pedir perdón. Yo ni me acuerdo. Estaba demasiado borracha.

Tres días después de la boda me llega un WhatsApp, “Le pedí tu teléfono a Paty, espero no tengas inconveniente. Nos vimos en la boda”. Carita feliz.

Después de resignarme a que Paty contestara su teléfono en la luna de miel, investigué a fondo quién era este hombre que se acababa de presentar como Sam Bown. Facebook sólo me dijo que había estado de intercambio durante su doctorado en el Tec de Monterrey. Ah, también me dijo que era muy, muy guapo.

Good looks and educated, I’m in. Comenzaron los mensajes día y noche que duraron poco más de una semana por que yo estaba negada a salir con él sin que Paty me pudiera decir más a fondo quién era este amigo que visitaba desde Ottawa a la Ciudad de México. Indiscutiblemente me ganó el tiempo, una pizca de ansiedad por saber más, agregado a que él tendría que regresar en una semana a su país.

Fue amor a vista en ese Starbucks. Las cosas fluyeron rápido y San Miguel de Allende fue testigo de nuestro primer todo. Fueron un par de días noveleros cargados de los mil y un excesos a raíz de que su experiencia que me lleva una delantera de 18 años que no sólo abusa con formalidad, pero me deja al hilo de la prudencia.

¿Qué importa la edad? Es más, benditos mis 32 y sus 49.

Cada quién regresó a donde tenía que estar pero fue cuestión de meses para que me pidiera matrimonio. En resumidas cuentas dije que sí, renuncié a mi trabajo, me mudé a Ottawa para no volver a mirar hacia atrás.

Canadá me recibió con los brazos abiertos, ni se diga su familia, amigos. No tardé mucho en acomodarme para sentirme en casa. Amaba mi nueva vida, mi nuevo marido, mi casa, mis vecinas. Cero quejas.

Sam tiene dos hermanos -él es el mayor-, casados con las que ahora son mis mejores amigas (las tres somos casi de la misma edad), así que no es raro que a menudo estemos los seis en la casa. De hecho hubo una temporada durante mis primeras semanas aquí donde era común contar con sus visitas dirarias. No sé si por querer conocerme mejor, por mera empatía distintiva canadiense, o ambas. Quién sabe.

Resultose que un día se planeó un breve viaje para ir a acampar a Morris Island, sobretodo para que los chicos se fueran de pesca; nosotras tendríamos largas conversaciones sobre la vida al calor de la fogata.

El primer día se nos fue en puras carcajadas, contando chistes, anécdotas de cuando los hermanos Brown eran pequeños, compartir planes a futuro, etcétera. El brandy en un flask iba y venía, Micky sacó un porro, cenamos carne de alce bajo un manto estrellado de ensueño. Decidimos dormir temprano por que mis cuñadas y yo habíamos quedado en hacer un poquito de hiking ya que nuestros maridos tenían que estar en medio de las aguas a las 5:00 a.m. (al parecer esa es la hora pico de la pesca)

Por cierto, Linda está casada con Micky, y Ro – short from Roxane- con Paul.

Empezamos a caminar entre los enormes árboles, vimos el amanecer, comenzamos a platicar mucho pero al agitarse nuestros cuerpos poco a poco fuimos intercambiando palabras por inhalaciones y exhalaciones profundas hasta que llegamos al otro lado del río.

I need some fresh water, dijo Ro. I’ll go with you, contestó Linda. Se quitaron los tenis y los calcetines, los dejaron sobre una cama de piedra y yo me senté en la orilla del agua, que parecía no moverse, a esperarlas durante su break por que honestamente no soy de hacer mucho ejercicio y ya sentía que se me salía el pulmón.

Comenzaron los juegos de aventarse agua entre ellas, luego me salpicaron a mi también, las risas, la brusquedad de ser lo suficientemente nefastas dentro de los límites de amistad, fue justo ahí donde Linda me empujó por la espalda para caer de frente al agua.

Cuando me pude quitar el cabello de la cara para visualizar mi venganza, lo que observé me dejó en shock. Roxane y Linda se estaban besando. Pero besando, besando. Claramente no era la primera vez que lo hacían por que ese beso tenía ya un largo kilometraje.

De pronto no se escuchaba más que el agua serena del río, sus respiraciones y ese ruido pegajoso cuando la gente se besa.

Lo interesante fue que yo no podía apartar mi mirada de ellas; mucho menos cuando Linda le quitó la sudadera a Roxane. Las dos son un par de güeras ridículamente atractivas. Estaba hipnotizada por el recorrer de las manos de Linda sobre su espalda por que lo hacía con delicadeza extrema, casi podría jurar que apenas la tocaba, movimientos que provocaban que Ro pusiera sus dos manos sobre su cara para besarla con más enjundia. A veces veía cómo cerraba los puños apretando su cabello. Eso, en mi México, se le llama deseo y no chingaderas.

Tal vez fue mi cara de asombro, o de morbo por no saber si quería ser parte de ello, pero cuando Ro bajó el zipper de la chamarra de Linda dejando al descubierto sus pechos perfectos, me di cuenta que el agua ya no estaba helada, sólo sentía calor.

Temía moverme por que sabía que ellas estaban disfrutando que las observara, la verdad es que yo también estaba gozándolo. Mucho.

Entonces Linda me lanza una mirada coqueta, extiende su brazo y flexionando su dedo índice me hace la señal de “ven acá.”

La ironía estaba en que nunca había estado con una mujer, lo curioso es que mi primera vez fue con dos.

En un idioma telepático decidieron desnudarme lentamente empujándome hacia la orilla del río, donde no me quedó de otra más que dejarme llevar. Aunque mi mente no tenía ni la menor idea de qué estaba pasando, mi cuerpo pedía a gritos que el momento nunca se acabara.

No quiero rayar en la pornografía pero era indescriptible la electricidad en mi cuerpo mientras yo lamía los pechos perfectos de Ro y Linda besaba el interior de mis muslos. Locura. Extrema.

Al terminar la sesión a campo traviesa, no tuve ni qué preguntar respecto a lo que había pasado por unos eternos -y deliciosos- 40 minutos. Resulta que ellas tienen poco más de dos años “en esto.” No saben definir aún si se aman, pero de que se entretienen, se entretienen.

Yo, la nueva adición, tengo apenas tres meses escapándome con ellas “al spa, al gimnasio, a las inauguraciones de galerías de arte, al supermercado”, cosas que a nuestros maridos no les podría importar menos. Aparte, ahora soy adicta por que la realidad es que así es. Siempre en público. No son de ir a encerrarse a un hotel, lo que hace de esto todavía más irresistible. Sí. Hemos tenido sexo inaugural.

¿Qué hay de ellos? Los hermanos Brown no tienen ni la menor idea.

En cierta manera esto mejoró mi matrimonio. Como todo el tiempo pienso en ellas, en el próximo encuentro, en el previo, mi esposo es mi descarga y él, por supuesto, no tiene queja ni cuestiona estas corrientes eróticas que viven en mi desde que Linda y Ro son mi pasatiempo favorito.

Q.E.P.D. los Brown.

Te invitamos a mandar tu historia (o la de tus tías, tu primo, la amiga de tu amiga)

lafosacomunqepd@gmail.com

Tu relato será publicado de manera anónima en éste espacio para ser la voz o el reflejo de quién se enamoró y sobrevivió ante toda adversidad.

Fotografía por María Ferráez
“Cementerio Río de la Plata”

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