Con dinero baila el perro

Escribir esto no fue fácil. Me preguntaba si debería de iniciar con algo como “Esta historia no es mía”, pero luego reflexionaba, “bueno, tal vez”. Así estuve unos cuantos minutos y he llegado a la conclusión de que sí es mi historia por que estoy metida en esto hasta el dedo, sin embargo no juego el papel protagónico (¿o sí?)

Marcela y yo somos amigas desde que tenemos memoria. Nuestras familias se conocen por que nuestros abuelos eran socios, así que literalmente se puede decir que hemos estado juntas toda la vida pasando por todos los altibajos que se nos han puesto enfrente; eso incluye la larga lista de noviecitos en nuestra adolescencia. Ella ha limpiado las lágrimas que provocaron los 300 “amores de mi vida” y viceversa. Vivimos lo que se tiene que vivir: las eternas pedas, el experimentar con drogas, una leve etapa donde pensé que me gustaban las chicas, viajes dentro y fuera del país, más hombres, triunfos profesionales, etc.

Justo decir que vengo de una familia de médicos de renombre dejándome sin opción más que estudiar ginecología. Marce me acompañó todas las noches de estudio mientras ella también tenía sus exámenes de merca (hasta donde podía).

Cuando teníamos cerca de 21 años, conocí a Martín en una clase y de inmediato nos volvimos inseparables, mejores amigos, después se me prendió el foco pensando que sería perfecto para Marce. Obviamente, lo fue. Los presenté en una reunión en mi casa y de ahí en adelante nunca se volvieron a separar. Es más, no respirábamos si no estábamos los tres.

Como íbamos de un lugar a otro juntos, comenzaron a correr los rumores de que éramos un trío de bisexuales. No somos tan modernos, simplemente Martín era mi mejor amigo, Marce era mi mejor amiga y yo lloré de la felicidad el día que me dijeron que después de ocho largos años de relación se iban a casar.

¿Qué significaba eso? Que me tocaba planear la despedida de soltera más espectacular en la historia. Como todo cliché, Marce escogió Las Vegas. Meses de organización dieron pie a que nos fuéramos 12 chicas a la ciudad del pecado; entre esas, primas, amigas, la hermana de Marce, y yo.

La primer noche fue un puto desmadre. Lo típico, ya saben. Empezamos con drinks en el París, una que otra se fue a apostar, más drinks, hora de ir al antro, shots para la bride-to-be, tragos de parte de los caballeros de la barra, Susana -amiga de la primaria de Marce- traía coca: vamos todas al baño, bailamos más, invité una ronda de perlas negras, after con unos tipos, fumamos weed. Se acabó. Al menos esa fue mi noche, no muy distinta a la del resto por lo que se platicó en el brunch.

Todo el día del sábado se nos fue en el munchies para tratar de revivir lo suficiente como para seguirle en la noche. Martín constantemente le llamaba a Marce para decirle que se portara bien, luego me mandaba un mensaje tipo “Ponla hasta el huevo. Que se divierta en grande la reina”. Martín no es ningún pendejo. También es el hombre más comprensible del mundo, además del mejor amigo que alguien pudiera desear, y si alguien nos conoce es él. Sabía que podíamos incendiar la ciudad si quisiéramos.

Esa noche hice una reservación especial en un lugar tipo Magic Mike. OBVIAMENTE.

Nos arreglamos mientras tomamos algo muy parecido al champagne. Ni sé cuántas botellas nos acabamos, pero si me dicen que cada quién se tomó una, lo creo.

Llegamos temprano para estar en primera fila de este espectáculo tan esperado. Hombres musculosos bailando, desvistiéndose, guapísimos, nosotras observando a estos dioses semidesnudos en la orilla de la silla. A Marce, que le encanta el S&M (soy su mejor amiga, por Dios, todo lo sé), le bailó un chico precioso con pantalones de cuero, arneses en el pecho, y un collar con una correa donde mi amiga se adueñó de él en pleno escenario. La euforia invadió el lugar por que, pues… Ya saben cómo se ponen esas fiestas.

Blackout otra vez. Susana, Marjorie -vecina de Marce- y yo despertamos en la sala de un loft, tomamos nuestras cosas para salir lo más rápido posible sin hacer ruido, cual episodio de la Pantera Rosa.

Poco a poco fuimos llegando una por una a la suite. Tacones en mano, labial corrido, cabello por sin ningún lado. Todas sin excepción haciendo mérito a lo que es una verdadera Walk of Shame. Eso sí, risueñas, logradas y contando sus historias con singular alegría hasta que llegó Marce.

Pasó la noche con Mike (por ponerle un nombre). Nunca logramos descifrar si la culpabilidad la estaba matando o la llenaba de orgullo por que su manera de platicar lo sucedido descubría a veces una ligera sonrisa, como quien recuerda haber tenido un par de orgasmos seguidos. “Así ha de haber estado la cogida”, señaló Carmen, su prima.

Qué bueno que ella lo dijo por que yo pensé lo mismo.

Nunca se volvió a hablar del tema a petición de la novia. Regresamos a la Ciudad de México a la rutina. Las 12 prometimos que DE VERDAD lo que pasó en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Nos lo llevaríamos a la tumba. Ni modo, es un secreto que le tuve que ocultar a Martín toda la vida.

Todo esto lo cuento por que a los dos meses me habló Marce. Está embarazada.

Martín no es el papá. Las cuentas en el calendario no dan. Además, para acabarla de chingar, prometieron no tener sexo seis meses antes de la boda.

Marcela y yo lloramos por dos días seguidos a sabiendas de que  las dos íbamos a perder a Martín para siempre. Esta iba a ser la peda que la que no nos saldríamos con la nuestra.

Dejé de ser alguien funcional para mis pacientes en el hospital, me invadía la culpa de que yo pedí a Mike vestido de sumiso, que arruiné todo a un mes de la boda, que perdería la confianza de Martín… Hasta que un día llegó mi papá a regañarme por que varios doctores se estaban quejando de que yo no estaba en mis cinco sentidos.

No me quedó de otra más que platicarle lo que estaba sucediendo. Para mi asombro me dio una alternativa.

Me vi en la necesidad de romper todos los códigos médicos/éticos (sé que no soy la única) para salvar el pellejo de mi amiga, por lo tanto le propuse que cerrara la boca, se casara, disfrutara su luna de miel para eventualmente hacerle creer a Martín que se embarazaron allá, cambiaría el historial médico (después de todo soy su ginecóloga), yo hablaría con el otro doctor para que todos estuviéramos en sintonía de que el niño “nació prematuro”. Mi padre, exdirector retirado del hospital, nos ayudó a que alguien hiciera el papeleo. Cierto es que con dinero baila el perro.

Lalito nació 100% saludable a sus nueve meses de gestación -esa es la historia que todos compraron. Está por cumplir sus dos añitos, es idéntico a Marcela, y tiene los ojos de su padre…

Sea quién sea.

 

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