Helado de chicle

Ser infiel es un deporte extremo. Te vuelves adicto a la adrenalina, la emoción de lo prohibido, de saber si me torcieron o no, esconderte, crear juegos mentales, mentiras y realidades paralelas donde les hago creer que estoy haciendo algo y en verdad estoy en otra cosa. Me sentía viviendo al límite.

Juro que jamás lo hice por ojete, o por querer lucirme como hombre y macho. Tener a dos mujeres felices y satisfechas es lo más cansado del mundo. Hacerle creer a dos que eres su perfecto y fiel novio cansa más de lo que creen. Tener que estar concentrado y consciente de las mentiras que inventaba me hacían sentirme vivo.

Lucía y Silvia eran las mujeres dueñas de mis quincenas.

A Lucía la conocí en la universidad, podía pasar horas platicando con ella, la sonrisa más bonita que jamás había visto, horas de risas, ella es una de esas niñas que, aunque son muy listas son bobas en la vida diaria, distraída, me hacía sentir indispensable en su vida, le gustaba que la cuidara y mimara. A mí me encantaba sentirme el macho alfa a su lado.

Mientras que Silvia representaba mis retos. Conquistarla no fue fácil, a ella le gustan las conversaciones inteligentes, discutir de política, sus libros favoritos son los de Filosofía, su autor favorito Borges. Suerte a quien ha intentado leer a Borges sin previas clases de literatura, o alguien que te explique qué demonios está pasando. 

Todo lo que yo decía o hacia ella lo llevaba a un nivel intelectual que me excitaba y demandaba pensar más. Ella me quería, pero no me necesitaba, eso me gustaba.

La necesidad de soledad de Silvia me daba el tiempo perfecto para pasarlo con Lucía quien era más dependiente de mi presencia física. Todo parecía bien y prometo que a ambas las quería. No las amaba o tal vez sí, no lo sé.

En fin, me emocionaba ir y venir entre una y otra, era una adrenalina constante a la que poco a poco como ya lo mencioné. Me hice adicto, no sé en qué momento acabe haciéndome novio de las dos, lo cual siendo foráneo en la Ciudad de México no es tan complicado. Con una salía a Roma y Condesa, con la otra más por el Pedregal y Perisur.

Claro que jamás las presente en casa. Los fines de semana me turnaba: una se quedaba a dormir de viernes a sábado, yo me quedaba a dormir en casa de la otra de sábado a domingo, y cuando todo se me juntaba las veía el mismo día. 

Yo corriendo de norte a sur, cuidando cada detalle para que no sospecharan. Me sentía muy listo cada que lograba salirme con la mía.

Hasta que llego el día en que todo se paga. Me quedé de ver con ambas el mismo día con Silvia para desayunar, con Lucía para cenar. Se me hizo fácil.

Llegue puntual con Silvia, como todo un caballero y fuimos a desayunar. Después quiso ir al cine, pero ya estando en la plaza comercial se le ocurrió pasar a Telcel, pinche Telcel, horas en la puta fila esperando para los tramites. Después de todo eso ya eran las cuatro de la tarde, teníamos hambre, así que comimos juntos. 

No nos íbamos a ver como en 2 semanas por que ella se iba de vacaciones. En fin, me pidió que fuéramos rápido a su casa a hacer el amor, super tentador aunque yo me tenía que ir con Lucía.  Le dije que de verdad tenía un compromiso en la noche con un cliente potencial que era muy importante, que no pasaba nada, que se lo compensaba en dos semanas cuando regresara. 

Estando en el carro se le subió la loquera y mientras manejaba para su casa me saco el pito del pantalón y me dio el mejor sexo oral que me han dado en la vida. Ese día le di una ovación y aplausos de pie, fuera sombrero. Genio de las mamadas. 

Me aguanté las ganas… Total, me las iba a quitar al rato con Lucía. Ya era tarde, me despedí, me metí el pito al pantalón, chicle a la boca, en el semáforo me cambié de camisa, me puse loción, desodorante, aceleré para llegar no tan tarde con Lucy.

Soló llegue 15 minutos tarde, lo cual para cruzar la ciudad es un récord. La cena salió fue máximo, pero yo estaba mega caliente después de lo que había pasado con Silvia, así que me la llevé directo a mi departamento. 

Empezó la acción, en eso Lucía me agarra el pito, me pregunta que traigo entre los huevos… saca un chicle. PINCHE SILVIA. La cabrona me dejo un chicle pegado entre los huevos.

Ni les quiero contar que pasó con Lucía, la verdad no supe cómo salirme de esa. Se me acabó el jueguito. Game over. 

Después de eso no sé cómo le hizo Lucía y contactó a Silvia, claro, ambas me la hicieron de pedo y me dejaron de hablar. Me lo merezco. Aprendí mi lección, pero lo bailado nadie me lo quita.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s