Una boda y un funeral

Llegó el día. Después de largos siete años me vi al espejo tratando de sostener las lágrimas. Luego sonreí ligeramente.

“En unas horas más lo voy a ver vestido de novio”, pensé.

Todo el día me encargué de ser un montón de nervios, marañas en el estómago, huracán de ansiedades. No ayudé mucho a los que estaban a mi alrededor. El día de la boda siempre está lleno de inquietudes.

Alfonso, mi mejor amigo, gay, por supuesto, se ofreció a llevarme al salón para mi peinado y maquillaje, y en ese recorrido me dio por revivir todos los momentos al lado del hombre que yo vería en la iglesia en unas horas.

Así fue como mi mente viajó al día que lo conocí en la prepa. Fue en la clase de biología donde se me cayó mi borrador y él lo rescató. De ahí en adelante fuimos inseparables. No hubo trucos, nuestras miradas cruzaron en el momento correcto. Todos esos años a su lado fueron siempre verano. Reíamos sin parar, jugábamos a todo, brincamos a todos los placeres de la vida, nuestras familias se hicieron una misma. Nos dimos la oportunidad para crecer juntos. A su lado comprendí el significado del amor.

“No puedo creer que lo voy a ver vestido de novio”, me repetí. Se me hacía hermoso imaginarlo con una rosa blanca en la solapa.

Al no poder contener tantas emociones, corrieron las lágrimas mientras que Marco, mi estilista de toda la vida, las limpiaba en lugar de regañarme como regularmente lo hacía. Sabía que era un día importante para mí.

Una vez que Marco terminó su arte, Alfonso y yo fuimos de regreso a mi casa. Sonaba en la radio Enjoy the Silence cuando comenzó a llover y nos estancamos en el tráfico. No importa, a veces el cielo también tiene que gritar. Recuerdo que al bajarme del carro sentí un ligero mareo. Todo mi ser era una bola de nieve que cargaba con toda mi anticipación y los demonios que vinieran con ella.

Ansiaba ponerme el vestido. Era una pieza hermosa que mandé hacer desde hace meses. Cuando salí del vestidor, Alfonso me subió la cremallera de la espalda, me besó la frente, me dijo, “Eres hermosa. Te veo en la noche”, y se fue.

Me senté a respirar profunda y lentamente en el tocador mientras me colocaba algunas joyas encima, me perfumaba y sostenía los nervios con la palma de mi mano. Mi mamá me vio desde la puerta de la habitación sin decir ni una palabra. Sólo recargó su cabeza sobre el marco para suspirar.

El camino a la iglesia fue otro viaje al pasado, sin embargo non grato. Me subí a los altibajos que he tenido con este hombre que voy a ver parado en el altar. Mi mente oscura me llevó a los desacuerdos, los gritos, el llanto, la ira y el rencor que dejamos entrar. El aventarle la puerta, los mensajes de desconocidos, los celos, LA pelea en Mazatlán. El interminable reto de a ver quién se muere sin el otro primero y le gana el orgullo para pedir perdón. Cuántas veces no doblé las manos por que no se fuera de mis brazos… Cuántas veces no me bajé la luna yo sola por que él ya no quería…

Como si me molestara un mosquito en el oído, ahuyenté esos recuerdos al viento. Eso no cabe el día de hoy, estamos aquí de pie y es lo que importa.

Cuando el carro se estacionó en la entrada de la iglesia vi por la ventana a toda su familia sonriendo. Había dejado de llover. Mis manos comenzaron a sudar sin control, sentía que me iba a ahogar… Luego me entró la duda si estaba haciendo lo correcto, pero logré bajar del auto.

Todos entraron a la iglesia, los vi en cámara lenta. Vi al amor de mi vida entrar por el pasillo lleno de flores junto a su madre. “Se ve guapísimo”. Entraron los padrinos, primos, tíos.

Fue en el momento que escuché al coro entonar la Marcha Nupcial donde me encontré parada ligeramente a la izquierda de la puerta principal. Las primeras cuatro notas musicales me doblaron las piernas cuando sentí una mano apretar mi hombro. Era Alfonso. Lo miré con los ojos que gritan por un rescate.

“Ya vámonos, no tenemos nada que hacer aquí -mientras limpiaba las lágrimas correr por mi mejilla- ese vestido rojo va a bailar conmigo toda la noche, reina”, dijo mientras abrazó este desastre a punto de morir.

Entonces me hice a un lado para dejar entrar a la novia. Aunque hubiera preferido ser ciega, tenía que ver con mis propios ojos que no iba a ser yo la que estuviera parada a un lado del amor de mi vida.

Mientras dejaba todo mi rímel y mi dolor en el hombro de Alfonso, los escuché jurarse amor eterno. En la salud y en la enfermedad. En lo próspero y en lo adverso. Anillos fueron intercambiados. La gente lanzaría arroz al final de la misa, ellos saldrían corriendo hacia su nueva vida, y yo tendría que seguir recogiendo las piezas de lo que quedó para antes de la cena.

Bailé toda la noche en la graduación de Alfonso. Nunca me faltó un trago en la mano.

 

 

 

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