Requiem por el camino rojo

No sé si este sea el foro apropiado para mi historia, pero sin duda se trata de dar descanso eterno a un amor de esos que deja huella; que queremos enterrar para que no duela, pero en el fondo sabemos que no será posible, que para bien o para mal, forman parte de nuestra historia y que siempre existirá el riesgo de evocarlos en algún momento, bajo cualquier pretexto, inesperadamente; y volver a sentir el dolor, o la dicha que nos provocaron.

No se trata de un amor común, el amor nunca lo es. Siempre se trata de distinguir a uno de entre los otros, de fijar nuestra atención en aquello que lo hace especial, diferente, único. Claro que con el paso de los años uno se da cuenta que esto tiene que ver más con uno mismo que con el otro. Que es nuestra mirada lo que lo separa de los demás, que somos nosotros los que lo diferenciamos. Conforme vamos ganando conciencia aprendemos que todos los seres somos dignos de esta mirada. O bien que al ver a otros, en realidad sólo nos vemos a nosotros mismos.

En fin, basta de filosofía. Al final tenemos que reconocer que hay de amores a amores y que cada uno tiene un espacio diferente en nuestra historia.

En mi caso, no fue hasta hoy que tengo 53 años, e irónicamente es domingo de resurrección, que me di cuenta del papel que jugaba en mi vida. Su sombra protectora había estado ahí, inadvertida, desde el momento en que lo conocí como adolescente cuando iba a Querétaro los fines de semana. No sé cuántos años tenía. Su presencia parecía ser parte del lugar, yo tomaba ventaja de su compañía y daba por sentado que estaría ahí por siempre. Todavía recuerdo que en vacaciones todos mis paseos matutinos en bicicleta me llevaban a él.

Nunca conversamos realmente, pero de alguna manera nos comunicábamos. Por supuesto a lo largo de estos más de 40 años hubo cambios. Yo me casé, tuve dos hijos, mis padres envejecieron, mi madre murió y él fue mudo testigo de todo, mientras su situación se hacía más sólida, crecía e iba ganando presencia.

Sin importar la circunstancias siempre que estaba junto a él me ayudaba a ver lo mejor de la vida, a tranquilizar mi espíritu o a gozar con cosas tan simples como ver la luz del sol reflejarse en sus brazos o escuchar el viento pasar el uno junto al otro. Ahora me doy cuenta que una de las formas en las que me demostró su amor fue cobijando también a mi familia y compartiendo con todos nosotros esas mañanas soleadas de verano, viendo a mis hijos pasear en carreta, o dando sombra a mi marido mientras cambiaba una llanta en la carretera.

Es una pena que no fuera hasta hoy, que yace inerme en el piso, que me diera cuenta de esto. Ya es demasiado tarde para hacer algo. Se ha ido. Hoy pasé, y literalmente vi a la gente hacer leña del árbol caído, llevarse lo poco que de él quedaba.

Hoy sentí como será el futuro sin su protección, me di cuenta de lo mucho que le quiero y sentí la impotencia de no poder regresar el tiempo, para por lo menos tener una foto y que no sólo quedara en un recuerdo en mi memoria.

Hoy lloré por la incomprensión de todos los otros que no vieron lo especial de su presencia, que no se tocaron el corazón para destruirlo, y me sentí culpable por no haber hecho algo más por él.

Espero que la pascua de resurrección alcance también a los de su especie.

Hoy pido por el descanso del Camino de mezquites rojos de la Cruz que fue brutalmente sacrificado para dar paso a la carretera de doble carril hacia el aeropuerto de Querétaro.

Extrañaré su sombra y su colorido por siempre Q.D.E.P.

Lo amé, pese a ser sólo un grupo de árboles

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