Por algo pasan las cosas

¿Alguna vez han sentido que el tiempo te juega chueco? Bien dicen que las personas indicadas llegan cuando menos lo esperas, y el mayor de los corajes da cuando llegan a destiempo.

Aún así, cada persona es una pieza que conforma tu vida entera. Esta es la historia de la pieza más importante de mi vida, una serie de eventos y sentimientos que llevaron a la mejor relación que he tenido y de la que más he aprendido.

Todo empieza en enero del 2015. Como nuevo miembro de la empresa donde actualmente trabajo, era necesario viajar a la matriz a tener un curso de inducción y conocer todos los procesos y demás temas que te empapan con los colores de la compañía. Conoces a las personas responsables de muchas decisiones, ya puedes relacionar caras con puestos, experiencia agradable. Pero hubo un momento que jamás voy a olvidar y que si cierro los ojos, se repite cuadro por cuadro como si lo estuviera viviendo de nueva cuenta.

Durante una de las muchas presentaciones, una figura me distrae y llama mi atención. De ese tipo de mujeres de las cuales es inevitable voltear a ver para memorizar en el menor tiempo posible las curvas que la definen. En mi caso no sé si fueron dos segundos o 10, si fui muy obvio o discretísimo, pero se sintió como si el tiempo se detuviera para darme la oportunidad de saborear con mis ojos a esa flamante mujer. Se distinguía por tener el porte más dominante de la sala, era el centro de gravedad de todo el edificio. Jamás olvidaré el instante ella volteó y también me vio, donde quedé enganchado en esos ojos grandes, oscuros, brillantes que sumados con la sonrisa más tierna y sensual que haya visto, podría ser la musa de cualquier pintor renacentista para su siguiente obra magna. La niña sencillamente me impactó como nunca lo había sentido por alguien. La presentan como Vanessa.

Ese noche, en una cena con todos los de la empresa y ahí estaba ella de nuevo, siendo tan graciosa y sensual como cuando la vi por primera vez. Los hombres no me dejarán mentir, acercarse a una mujer para conocerla, tal vez conquistarla, es de las hazañas más difíciles que existen. Pues después de un muy buen rato vi la oportunidad para ir a hablarle… ¡prueba superada! Y lo mejor de todo es que ella me siguió el juego.

Así comenzaba lo que sería la relación más intensa y bella de mi vida.

De regreso a mi ciudad y con el pretexto perfecto al ser compañeros de trabajo, una petición de información llevó a otra sumándole algún comentario o chiste, y cuando menos lo esperaba ya teníamos conversaciones personales; nos empezábamos a conocer y se sentía como si ya la hubiera conocido antes, la química era perfecta.

No pasó mucho tiempo para que nos declaráramos nuestro cariño y adoración hasta que llegó un buen día en que a ella se le escapa “LA” palabra. El sentimiento y la sensación de escuchar un te amo de su parte fue la más grande victoria, te hace percibir el mundo tan insignificante y te da el poder de hacerlo todo. Después con un poco de tiempo y un mucho de confianza, un comentario provocativo llevaba a otro, no faltaron las fotos sugestivas, las declaraciones indecorosas, provocaciones textuales, sexting y por primera vez en mi vida conocí el sexo telefónico; no había nada que no hiciéramos el uno para el otro, no había tema del que no habláramos. La energía era impresionante, la felicidad no cabía en ninguno de nosotros.

Solo había que aterrizar un par de detalles que muchas veces pasábamos por alto, pero que jamás ignoramos: ella está casada, y yo en el proceso. Sabíamos que estábamos prohibidos el uno para el otro y aun así llevamos la relación al extremo. En pocos meses yo estaba por darle el “sí acepto” a la que sería mi compañera de por vida, y nunca faltaron las ganas de botar todo y huir con Vanessa a donde quisiéramos. Rehacer nuestras vidas y dedicarnos a demostrar el amor intenso que nos tenemos. Pero esto no es un cuento de hadas, la cruda realidad era el peso social que esa decisión pudiera conllevar; jamás voy a negar que estuvimos a nada de estar juntos y felices para siempre.

“No te cases”, me llegaba a decir Vanessa. Se acercaba el día y ella con mi corazón en sus manos jamás me deseo el mal, ni a mi esposa. Vivió junto conmigo el proceso hasta que la fecha se viene encima y no queda otra cosa más que seguir aceptando las decisiones que tomamos antes de habernos conocido. Después me confesó su incapacidad y dolor al ver mis fotos y felicitaciones en el Facebook, y no la culpo; a veces también era difícil para mí verla a ella viajando y festejando con su esposo, leer que le dice que lo ama.

Ni modo, es la vida que habíamos elegido.

Y bien dicen, por algo pasan las cosas. Un mes después de mi boda, viajo para encontrarme con Vanessa. Planeamos con lujo de detalle esa escapadita para poder estar completamente solos; ella le inventa un viaje a su esposo, yo le invento un curso a la mía, ambos inventamos pretextos personales en nuestros trabajos; todo maquinado como reloj suizo para podernos disfrutar después de haber estado conversando a distancia por 9 meses, después de declararnos amor y felicidad, deseo y alguna que otra provocación erótica, el día había llegado en que iba a poderla tocar por primera vez.

Fue el día más largo de mi vida. Tenía reservado un cuarto de hotel en el cual nos íbamos a quedar todo el día y su noche correspondiente para dedicarnos solamente a nosotros. Tuvimos que esperar al check in del hotel toda la mañana, lo cual sirvió para hablar más y definitivamente calentar el momento al grado de la ebullición. Llega la hora de entrar a nuestro cuarto y la tensión sube en el momento en que me acerco a ella para darnos nuestro primer beso. Los nervios estaban al borde del paro cardiaco, Vanessa no dejaba de temblar; pero bastaron dos segundos de ese mágico beso para estar completamente enganchados, y ya no pudimos separarnos después.

Lo que pasó esa noche, roza en el borde de lo romántico que bien pudo haber escrito Walt Disney, y lo erótico que superaría las descripciones del Marqués de Sade.

Definitivamente no había mejor compañera para mí que ella, éramos compatibles en todo: mismos valores, mismo humor, amor y cariño incondicional, y no se diga sexualmente; mejor mujer no pude haber encontrado.

Es cierto que el tiempo pasa rápido cuando te la pasas bien, y esta no fue la excepción. Llegó la hora de despedirnos y después de un gran beso y un profundísimo suspiro, era inevitable sentir que aunque tu regresaras a tu ciudad tu corazón permanecía resguardado por ella, desgraciadamente lejos.

Si sienten que ya han escuchado esta historia antes no los culpo. Esas escenas se repiten millones de veces con millones de personas. Pero lo nuestro tenía un detalle que nadie más podía tener: nuestro amor era tan puro y nuestra necesidad por cuidar al otro era tan verdadera, que no dejábamos de velar por los matrimonios del otro. En pocas palabras, mi prioridad era que ella no dejara a su esposo, que se mantuviera estable y feliz mientras durara su vida como estaba.

La regla de oro era mantener nuestras vidas como si no existiéramos, a pesar de tener el apoyo y cariño diario de cada uno todos los días. Nos cuidábamos, nos aconsejábamos, llegamos a declarar problemas muy personales con nuestros esposos y procurábamos dejar las cosas bien con ellos.

Éramos nuestros propios cupidos y consejeros para que al final no alimentáramos la tentación de abandonar nuestras vidas por el otro. No hubo ningún momento en el que las cosas se manipularan para afectar la relación del otro por nuestra conveniencia. Si me preguntaran qué es lo que yo pienso que es el amor verdadero es eso, del cual se lee y se escucha en las más grandes obras literarias y musicales: una devoción por el bienestar del otro, aunque no sea a tu lado.

El tiempo seguía su curso y la relación se tornaba más estrecha, más intensa, más mágica. Después del encuentro que tuvimos no esperamos para agendar el segundo, y el tercero y los que se pudieran. Esa sensación al estar juntos era lo mejor que nos podría pasar para escapar y podernos reconocer una vez más. Y definitivamente cada encuentro era mucho mejor que el anterior, nos conocíamos mejor y nos volvíamos expertos en nosotros mismos; teníamos una relación al borde de la adicción. Y así yo regresaba a visitarla o ella venía, nos volvíamos expertos en la manipulación de información, en inventar pretextos para salirnos con la nuestra y sobretodo sin dejar ni rastro de lo que pasó. La ejecución era impecable, nunca hubo sospechas, nunca hubo problemas, las reglas estaban muy claras.

No voy a negar que ella estuvo a punto de dejar a su esposo por mí, y yo pensé más de dos veces en hacer lo mismo con mi esposa. ¿Qué fue lo que nos detuvo? A la fecha no puedo describirlo, pero siempre hubo una fuerza que nos frenaba para quedarnos como estábamos. La consecuencia de eso: al pasar de los meses caíamos más en cuenta que el tiempo se nos venía encima con proyectos y planes en donde no estábamos considerados.

Cada vez era más claro que era más y más difícil verse participando abiertamente en la vida del otro.

La primera en explotar fue Vanessa, entrando en una crisis que sería el principio del final. Era insoportable mirar fotos del amor de tu vida siendo feliz con alguien más; era inevitable imaginar la felicidad que tú le ofrecerías y concederías si estuvieras en lugar de su esposo. La presión psicológica hubiera llevado al manicomio al más cuerdo de los amantes. Pero eso sí, los consejos y detalles de cariño nunca faltaban entre nosotros, el amor sigue ahí. En momentos de desesperación, no dejábamos de darnos consuelo al repetirnos una y otra vez que “por algo pasan las cosas”; tal vez nuestro momento no sea este y el destino nos tendría preparado algo mejor.

Llegó el día en que de forma indirecta sabíamos que nos tendríamos que despedir: nuestro último escape. Pudimos acomodarlo para que fueran dos noches y disfrutarnos como si fuera lo último que hiciéramos en nuestras vidas, porque la realidad es que eso resultó ser.

Afortunadamente el llanto y sufrimiento de tener que dejar ir al amor de tu vida no pasó ese día, si no después mientras seguíamos en contacto. El plan ahora era irnos dejando paulatinamente, en dosis pequeñas, hasta que pudiéramos soportar más tiempo sin saber el uno del otro hasta que resultara un regreso a la vida que tuvimos antes de conocernos. Básicamente, ayudarnos a convertirnos en unos fantasmas, en una historia más que bien pudo haber estado en nuestra imaginación.

Afortunadamente para ella, desafortunadamente para mí, el plan se cumplía al pie de la letra y cada vez eran menos los mensajes, las llamadas, las palabras de cariño. Qué difícil es tener que dejar a un lado esa parte tan importante de tu vida.

A pesar de haber acordado desaparecer de las vidas de cada uno, no pasa un día en el que no piense en ella. Todavía le mando mensajes esporádicos para recordarle que la recuerdo, insisto en sacarle una palabra de aprecio hacia mí que ya no tiene éxito, veo sus fotos y se me ilumina la mirada al verla resplandecer en su vida perfecta lejos de mí.

De cierta forma me da gusto que ella, al final de esta historia (que todavía me rehúso en declarar que sea el final), haya podido dejarme atrás. Ya soy parte de su pasado justo como lo hubiéramos planeado.

Confieso que hay días en los que me siento tan estúpido por no haber tenido los pantalones de haberme quedado con ella, hay muchos otros días en que la extraño y sólo deseo que ella no sufra este dolor que debo aprender a contener, de preferencia eliminar.

Al final, Vanessa y yo seguimos siendo amigos. Muy de vez en cuando nos escribimos para contarnos cosas, no dejamos de estar pendientes. Y muy en el fondo no dejo de repetirme aquellas palabras que nos repetíamos el uno al otro en tiempos de crisis: por algo pasan las cosas.

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