No he podido olvidar tu sonrisa

Hola. Creo tener una historia, o bueno varias. Pero estos últimos días he decido cerrar una de ellas y este podría ser un buen ejercicio.

Soy gay, a mi casi cuarto de siglo me tomó unos años aceptarlo, pero creo que me tomó menos que a otras personas. Pero bueno esta historia es de hace unos años cuando todavía estaba en la carrera y no había aceptado esta parte de mi vida, de mi persona.
En ese episodio de mi vida, vivía en las sombras y rogaba por que otro hombre me insinuara su interés, pues tenía demasiado miedo de dar el primer paso.
Justo en esa etapa lo conocí. Juan Roberto. Rubio, con la sonrisa más hermosa que he visto y el carisma más magnético. Tengo que aceptar que soy adicto a las risas francas.
 
Nos sentamos juntos en clase, empezamos a hablar (mi mente no dejaba dejaba de repetir: “pues sólo amigos, el es hetero, es amable con todos, no pienses más allá”). Resultó que teníamos dos clases más juntos y nos sentamos uno al lado del otro en todas las asignaturas, así que nos empezamos a llevar muy bien, la amistad creció muy rápido, luego resultó ser conocido de mis amigos, y claro, primo del novio de la entonces mi mejor amiga. Lo cual, estaba perfecto: más excusas para hablar y salir juntos.
Lentamente comencé a pasar todos mis días con él. Si no era por la escuela, era por los amigos. Pronto noté que me veía de reojo, que mientras todos estaban distraídos me clavaba la mirada. Luego él encontraba cualquier excusa para marcarme, además de “molestarme” para tocarme como “amigos”.
Cuando es muy notorio, la gente no tarda en cuestionar las cosas, así que allegados a nosotros se preguntaban qué era lo que estaba sucediendo, por que era demasiado intensa nuestra amistad y continuamente nos preguntaban si éramos novios en broma, a lo que él sólo se reía, pero yo rogaba por gritar un día que sí.
Empecé a enamorarme. Ya era inevitable. Tenía miedo pero era lo mejor que había tenido en mi vida. No dejaba de repetirme que sólo eran mis ideas y estaba mal interpretando todo, así seguiría sin que yo pudiera dar el paso.
En sus borracheras, yo era el destino de sus llamadas donde escuchaba reclamos que por qué lo había dejado sólo o no había salido con él, me preguntaba donde estaba, etc. Esas llamadas por parte de Juan Roberto se volvieron obvias y un constantes. Confieso que había veces que yo sólo esperaba que sonara mi teléfono en la madrugada, por que sabía que era él.
Una de esas veces terminamos en el casino en la madrugada, donde ambos estábamos muy ebrios y en un abrir y cerrar de ojos, nos tomamos de la mano. Decidí ir al baño, pero me siguió sólo para acompañarme sin que pasara nada. Seguimos toda la noche así. Creí que todo era irreal. ¿Cómo me estaba pasando algo así? ¡Y con él! Fue una noche muy linda sólo tomados de la mano.
Después de eso todo cambió, él se volvió distante, ya no contestaba mis mensajes, si nos veíamos me saludaba y era cordial en clases, pero hasta ahí. Yo no sabía qué hacer. Estaba muy triste y confundido. Pero ¿con quién hablar de eso?, nadie sabía y además qué inmaduro me vería si nunca pasó nada más que darnos la mano y coquetearnos.
Pocos días después me enteré que decidió tener novia después de la noche del casino. De la nada ya no éramos amigos, ya no nos hablábamos y él tenia novia. A nadie le parecía raro, pues tener novia es demandante, y al parecer es normal que no veas a tus amigos.
Pasaron los meses donde se podría decir que éramos desconocidos. Ni una palabra. Tantas semanas sin hablar.
Un día, yo ya fuera de toda confusión, recibo un mensaje de él preguntando, “¿Cómo estás?, ¿cuándo nos vemos?”. Yo estaba sorprendido, en shock, emocionado, y lo único que podía pasar por mi mente era: “Recapacitó, ahora va a ser diferente”.
Obviamente le dije que cuando él gustara, y al instante me respondió que al día siguiente nos veíamos en el antro.
Llegué puntual al club, y salió a rescatarme de entre la multitud, como si nada hubiera pasado. Feliz, carismático, era el mismo de antes. Llegamos con sus amigos, me encontré conocidos y a los cinco minutos tuve que ir al baño. Mi sorpresa fue que cuando cuando regresé, él ya se había ido.
Me dejo ahí sin avisarme, no tenía ni 15 minutos ¡y se había ido! Esperé dos eternas horas pero no regresó. Apagó su celular y no volvió a marcarme ni a escribirme.
Pasaron los años, tuve más desamores pero por alguna razón no lo podía olvidar. Hace poco volvió a escribirme. Claro, me sentí exactamente igual que las otras dos veces, con la emoción de una puberta en plena prepa y todo. Sólo que esta vez él no cuenta con que yo ya no soy el mismo. Y es por eso que ahora decido cerrar ese capítulo que me mantuvo años a su merced, sé perfectamente cuál es el desenlace, y por eso hoy lo entierro.
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