Me conformé

Bien, caí sin querer en un cliché. Supongo.

Conocí a Rodolfo en la fiesta de la hermanita de mi mejor amiga. Carla, mi amiga, me invitó de “pre”, antes de irnos al antro, pero entre los shots y el buen ambiente, terminamos por quedarnos en el festejo.

Me tocó jugar beer-pong con Rodolfo, como equipo, y ganamos. Eso hizo que interactuáramos por primera vez. Él muy atento, nunca me faltó un trago, un cigarro o una servilleta en la mano. Es de esos chicos que antes de que saques la cajetilla, ya tiene el encendedor prendido.

Nada me lo tomé en serio por que él tenía 18 años, yo 24. Sabía que lo tenía comiendo de mi mano por que yo no era como sus amiguitas menos maduras. Al menos eso me dijo él cuando se fue y me pidió mi teléfono.

Al día siguiente amanecí con el mensaje de “Buenos días”. La verdad ni quería contestarle. Era un mocoso. Yo estaba recién graduada, con un nuevo trabajo, y él apenas entrando a la carrera; los dos en canales completamente distintos. Peeeeero, le seguí el juego.

Ya nunca paramos de platicar, y al poco tiempo lo dejé de ver como un chavito de 18. Era extremadamente maduro, serio, tenía metas en la vida, consiguió un trabajo “para invitarme a cenar o al cine”, jugaba basket con sus amigos, me presumía con quien se pusiera enfrente.

Todo era perfecto. La edad es sólo un número.

Como a los ocho meses nos hicimos novios, y como 2 años después, esposos, por que quedé embarazada. No fue una catástrofe por que a mi me iba muy bien en el trabajo, él seguía con el suyo y la escuela.

Por el acelere de las cosas, y aunque me daba pena, los primeros tres meses vivimos en casa de sus papás, en lo que nos entregaban nuestro pequeño departamento, que yo obviamente compré. Fueron meses difíciles, por que yo toda hormonal, con el trabajo, y los pocos conflictos con mi suegra se hicieron grandes. Mi problema era que ella le seguía haciendo todo, pero aguenté… En mi cabeza sólo estaba fijada la fecha para salirme de ahí.

En cuanto se cruzó la puerta, el amor de mi vida se quedó en la banqueta. Yo empecé a desconocer a este hombre. Era muy sucio, no lavaba ni un plato, mucho menos su ropa, pelos en la regadera, y lo único que compraba del súper era cerveza; era un clásico. Llegaba cansado y directo iba al refrigerador, se quitaba la camisa, y se acostaba en nuestra recámara a ver la tele. Dejó el basket, empezó a engordar, ya ni me preguntaba qué tal mi día cargando en mi interior a nuestra hija. NADA.

Yo embarazadísima tenía que limpiar todo, y por más que le pedía que me ayudara, se le olvidaba a los tres días. Tiempo después nos comprometimos que le tocaba lavar la ropa por que yo ya no podía más, pero luego me di cuenta que, mientras yo me iba al trabajo, se las arreglaba para llevarle los bultos a la mamá, y luego él pretendía que él lo había hecho.

Bueno, esos son sólo unos de los pormenores. Nació mi hija y el chip del hombre amoroso se volvió a activar. Aunque fuera un asno como esposo, admito que era un excelente padre. Me conformé con eso.

Justo un mes antes de que la niña cumpliera su primer año, me dijo que ya no podía más con el trabajo por que le quitaba mucho tiempo y energía para la escuela, “así que renuncié”. Sin consultarme ni nada.

De pronto yo ya tenía dos hijos. Una de 11 meses y otro de 21 años.

Perdón por la expresión, pero no hacía mas que rascarse los huevos. No aportaba nada a la casa, se negó a trabajar hasta que se graduara de la ingeniería (lo cual, aún no sucede). Así que mi mamá me dijo que era hora que lo corriera de la casa, y creo que tenía razón, así que lo hice.

Me rogó desesperado casi un año, pero yo no veía cambios. Yo quería al hombre que me había vendido la idea de un matrimonio, madurez, metas. Pero a veces me marcaba llorando, borracho, así que meeeenos lo dejaba poner un pie en mi casa. Claro que eso me hizo entrar en una fuerte depresión, que todavía estoy atendiendo.

Me hundí mal en la tristeza. Descuidé mi trabajo justo cuando me iban a promover.

Claro que, pendeja yo, meses más tarde lo perdoné por que él consiguió un trabajo más o menos. Nuestra relación funcionó un tiempo.

¿Por qué está mi historia aquí? Por que sigo con él, tengo tres meses de embarazo, gemelos.

Sigo en este calvario que yo elegí a pesar de que al mes de que regresó le encontré en el celular mensajes con cuatro chicas distintas. Nudes a granel. En estos mensajitos se refería a mí como “La pinche vieja”, “La gorda” y seguramente otros adjetivos más que preferí no leer.

Sé que lo tengo que dejar. Sé que me tengo que divorciar. Lo sé, lo sé, pero mi trabajo ya no da para mantener a tres inocentes yo sola. Estoy buscando fuerzas inhumanas para deshacerme de él de una buena vez.

 

 

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