El peor regalo de Navidad.

Nuestra relación empezó como cualquier otra. Jóvenes, inexpertos, puros. Yo tenía 20, Esteban 22. Nos conocimos en el trabajo, en la posada de la oficina, donde yo tenía apenas un par de meses de haber entrado. Él ya tenía tres años.

El caso es que hicimos click, y ya nunca nos volvimos a separar. Tres meses después, en marzo, me llevó a su casa a conocer a su familia. Ya saben, el nervio de conocer a los suegros. No podía ni dormir pensando en cómo sería su familia y si yo les iba a caer bien… O ellos a mi.

La noche llegó y conocí a la familia Salazar.

Quiero empezar a describir a la señora. Un mujer que impone fuerza y poder, la madre de familia en toda la extensión de la palabra. Un matriarcado. Eso, acompañado por un inocente sentido del humor, una bondad enorme, y una suavidad en su manera de hablar. Toda ella impecable.

Su casa limpia, ordenada y para rematar, cocinaba delicioso. De-li-cio-so. La señora Salazar era la madre, esposa y suegra perfecta, por lo tanto la familia, también. Tuve la enorme suerte de ser de las pocas que adoran a su suegra.

Pasaron los meses y las cosas entre Esteban y yo se pusieron más serias, estábamos completamente enamorados, nuestras familias se llevaban muy bien, etc.

Como todo iba viento en popa, un día Esteban me pidió que viviéramos en unión libre, ya que él rentaba un pequeño departamento al sur de la ciudad.

Podrían decir que estaba muy chica, sí. Tal vez. Pero en mi familia no hubo problema cuando les anuncié que me iba a ir a vivir con mi novio. Desde los 16 he sido una mujer independiente y desde esa edad no conozco otra cosa más que estudiar y trabajar. Mi madre trabaja desde los 15 años, así que ese es el modelo que tengo.

Total, la decisión se tomó en octubre y para Thanksgiving, ya estábamos Esteban y yo instalados en nuestro departamentito; que por más que estuviera a su nombre, yo me encargaba de pagar la mitad de la renta y los servicios.

Recuerdo tan bien que fue Thanksgiving, por que ese día en la cena deliciosa de mi suegra, la comencé a sentir un poco rara  y distante hacia mi. Le pregunté varias veces si se encontraba bien y me dijo que sí. Le pregunté a mi cuñada y me dijo que sólo la dejara respirar, estaba cansada de cocinar todo el día. Dicho eso, entendí y ya no la quise hostigar más.

El siguiente fin de semana, como todo domingo que me invitaban a la carne asada, la noté otra vez igual. Ya no hablábamos de los chismes en el salón donde las dos nos cortábamos el cabello, de la novela, de las cosas nuevas que se compró en McAllen, de la salud de su suegro… Nada. Está de más decir que en las posadas yo era un cero a la izquierda.

A cada rato le preguntaba a Esteban por qué estaría así conmigo, pero él me dijo que yo estaba paranóica y que su mamá me quería mucho. Entonces llegó Navidad.

Estábamos una vez más en el festín preciosamente cocinado por ella, en su casa. Se me hizo muy raro ver que dentro de la casa habían cerca de 40 personas, cuando mi novio me había asegurado que las Navidades eran sólo entre ellos cuatro y su abuelita.

Esa noche estaban los tíos, primos, abuelos, compadres, amigos, colegas… El mundo entero en su casa, pero bueno, se me hizo normal por que a mi suegra le encanta hacer eventos a lo grande. Disfrazaron a mi suegro de Santa y repartió juguetes a los sobrinitos. La piñata, los cohetes, el ponche. Todo el show completo.

Abrieron todos sus regalos. Yo le regalé a mi cuñada un perfume, y a la señora Salazar un abrigo que, un día que andábamos de compras, se lo midió y no lo quiso comprar por que se le hizo caro. Junté mi dinero y se lo envolví como regalo.

Se terminaron de abrir los presentes, y de repente la señora pidió la atención de todos.

“Quiero hacer un anuncio.” Todo mundo se quedó callado. “Como verán, no le di regalo a mi hijo y a mi nuera esta Navidad, por que el regalo soy yo. Me voy a mudar con ustedes unos meses para ayudarles en la casa.”

La gente: muda.

De no ser por que la abuelita, avergonzada, supongo, empezó a aplaudir, la gente le siguió la corriente, y por ahí escuché uno que otro “Awwww.”

Esteban y yo nos volvimos locos. Salimos a fumar y discutimos como por media hora a ver cómo le iba a hacer ÉL para decirle a la señora que tanto quiero que muchas gracias, pero no la necesitamos en nuestra casa. ¿Mi suegro? Le valió madres.

Cuando Esteban fue a hablar con ella, resulta que la señora le dijo entre lágrimas que ella y el señor Salazar se iban a separar y que no tenía a dónde ir, así que lo anunció de esa manera para que la gente pensara que somos jóvenes y necesitamos ayuda, y así no quedar mal en sus círculos o hacer un escándalo respecto a su separación.

Los ojos de borrego de mi novio me convencieron. Tanto él como ella me dieron lástima y terminé aceptando a mi suegra en mi casa a cambio de un abrigo.

Para Año Nuevo ya estaba con nosotros. Yo trabajaba, y llegaba a la casa, eso sí, muuuy limpia y siempre con los platillos favoritos de Esteban en la mesa. Él claro que nunca se quejó, al principio yo tampoco. Hasta que a mediados de febrero, un día nos visitó mi cuñada, y en una noche de pizza y películas se quedó a dormir.

Ya nunca se fue. Poco a poco empezó a mudarse y a instalarse en el mismo cuarto de mi suegra. Ahí estábamos metidos los cuatro en el depa.

Esto, con justa razón comenzó a causar pleitos con mi novio. Enojados todo el tiempo. De la maldita greña por que él seguía siendo el consentido de mamá, lo que yo dijera no tenía valor por que yo ya no era la que mandaba en la casa. Decirle yo a la señora cualquier cosa era tacharme de maleducada, y vaya que jamás fui grosera, ni le levanté la voz, y mucho menos le dije malas palabras. En mi casa me enseñaron a no voltearle los ojos a nadie.

Las que fueron mis mejores amigas, ahora eran mis rivales. Entre las dos se las arreglaban para mantener a Esteban en mi contra, y el colmo fue cuando empezaron a meterle ideas de que por qué trabajaba tanto y que dónde andaba yo… “De seguro tiene a otro, o anda paseándose en la plaza.”

Los dos tuvimos que trabajar más horas por que los gastos en los servicios subieron, y ni la señora ni mi cuñada aportaban un pinche peso a la casa. Solamente que no le decían nada a él de trabajar horas extra. Para ellas, yo andaba de puta en algún lado.

Naturalmente, mi novio les empezó a creer y se dejó llevar. Mi límite llegó cuando un día por teléfono él me llamó y lo primero que dijo fue: “Ya dime con quién te estás acostando. Pásamelo, ya sé que estás con él.” Recuerdo tanto estar sacando copias en mi oficina, y colgué.

Le conté a mi mamá y me dijo que me saliera. Así que en agosto, yo ya estaba en casa de mis padres otra vez.

Para septiembre mi suegra “ya se había reconciliado” con mi suegro, y volvieron las dos a su casa. Qué casualidad.

Lograron su cometido, destruir mi relación por que vivíamos “en pecado.”

Septiembre 22, fue cuando me volvió a buscar Esteban. Hoy, 15 de diciembre, tengo 274 llamadas perdidas de él (celular, oficina, departamento, y casa de sus papás)

No voy a contestar el teléfono hasta que la señora Salazar me pida una disculpa. Y eso, a ver si me dan ganas de hablar con ella, o con su hijo.

Q.E.P.D. la familia Salazar.

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