El inicio de todo.

Curioso cómo tardé un año en mandar mi historia.

Gabriel y yo estudiamos desde secundaria juntos. La verdad es que en esa época no nos hacíamos en el mundo y  fue hasta prepa cuando nos empezamos a llevar bien. Nos conocimos  en el salón, 34B. Los intercambios de respuestas en los exámenes, la pedidera de plumas, las tareas “con el compañeros de al lado” nos hicieron amigos, por que él se sentaba a mi izquierda.

Yo tenía mi novio de más o menos 2 años. Así empiezan muchas de las historias en este blog, ¿no? Pero esa es harina de otro costal. Corté y mi paño de lágrimas fue Gabriel.

En mi dolor era bueno tener un amigo, le contaba todo, él me consolaba, me distraía, salíamos juntos, todo en nombre de la amistad. Amistad que duró poco por que las cosas se fueron acomodando. Su interés por mí comenzó a crecer muy rápido, o al menos se empezó a hacer muy notorio.

Un día me invitó a salir, pero esta vez era diferente, no como amigos, sino en una cita perfectamente planeada. Me recogió en mi casa, tocó mi puerta, y ahí estaba parado un Gabriel que yo no reconocía: atento, educado. Amé esa salida. Había reservado una mesa en la terraza de mi ahora restaurant favorito. Al final de esa noche me dijo que le gustaba, pero del nervio no le dije nada.

Se acercó un 14 de febrero donde me pidió que fuera su date. Celebraremos juntos esa fecha dedicada al amor y a la amistad, pero como todo estaba ya reservado y sin posibilidad de conseguir una mesa, acabamos en unos tacos súper equis, pero ahí fue donde me di cuenta que estar con él era la paz.

Comenzamos a salir ya no como amigos. A los dos meses me pidió que fuera su novia. Acepté.

Ese fue el inicio de LA historia de amor de Gabriel y Ángela.

Mi relación con él definía lo que la gente describe como, “color de rosa.” En retrospectiva no tengo ninguna queja de mi noviazgo. La relación fue muy bonita. La pareja perfecta, nos decían.

Varias veces me pregunté si Gabriel me trataba como reina por haberme visto llorar tanto por mi ex, o si era simplemente su naturaleza, o conmigo le nació tanto amor. Lo que necesitaba en ese momento, él me lo daba. Él era todo lo que yo siempre quise. Claramente me enamoré muchísimo de él. Me preparaba sorpresas sin razón, estábamos obsesionados de estar juntos todo el tiempo, lo apoyé en la escuela, el trabajo, me platicaba los chismes en su oficina, fui a todos sus partidos de fútbol, comenzamos a tener muchísimos amigos en común, a veces se chutaba a todas mis amigas él siendo el único hombre, por que mis amigas lo adoraban. Los novios de ellas, ni se diga; al punto de que crearon un círculo de amistad tan fuerte que se hacían llamar, “El rebaño.”

No fue sorpresa que con el paso del tiempo la relación se fue haciendo muy formal. Nuestros padres se caían muy bien, sus sobrinos me decían tía, y los míos a él tío. Por éste tipo de cosas que marchaban tan al natural, los primeros años se me pasaron rapidísimo.

Mi familia pasó por situaciones muy, muy difíciles, y durante todos esos años de problemas, él siempre estuvo al pie del cañón para mí, apoyándome. Nunca escatimó en sacrificar su tiempo, dinero, y vida. Se partió la madre para apoyarnos sin queja alguna. Su familia y él siempre, siempre estuvieron para mi.

Alrededor de los 24, la gente comenzó a casarse y todo mundo comenzó a presionarnos, “¿para cuándo la boda?, ¿para cuándo el anillo?” Toda pareja que dura años, entenderá que llegamos a un punto en que nos empezaron a incomodar este tipo de comentarios. La presión y las expectativas era altísimas.

Gabo y yo éramos aficionados de los viajes a la playa, y los últimos 5 que hicimos a Cancún, tuve que soportar los comentarios donde todo mundo me decia, que ahora sí en este viaje, Gabo iba a proponerme matrimonio.

Mi dedo palpitaba por un anillo. No iba a decir que no. Todo era perfecto, las familias se llevaban bien, nos amábamos, ambos trabajábamos; no había ningún obstáculo que nos impidiera dar el siguiente paso. 

Comenzamos a pensar que estábamos listos para casarnos, empezamos a ver una casa, a hablar de boda, todo muy formal, muy serio. Moría por estar con él, por  vivir con él. ¿Qué más faltaba? Además, ocho años de novios, donde ya pasamos por casi todo, indicaban un futuro prometedor.

En la cúspide de nuestra relación, un día me invitó al cine. Como todos los martes.

Cuando me dejó en mi casa, justo antes de bajarme del carro, tomó mi mano y me dijo: “Amor, necesito un tiempo para respirar, para arreglar unas cosas, y poner mi mente en orden.” Eso me sacó de onda muchísimo, pero sabía que estaba muy presionado en el trabajo. “Te prometo que sólo serán unos días, regresaremos para casarnos, ¿sí?”

Me tomó por sorpresa. Muy a mi pesar y con cero disposición, le di el tiempo, por que si era lo que necesitaba, adelante. Le creí, confié en él. Me correspondía darle lo que necesitara a cambio de todo lo que ya había hecho por mi.

Tampoco tenía muchas opciones. Lloré tanto, pero todas las parejas pasan por estos momentos. Había amor, y de eso podía fiarme.

Al día siguiente me levanté con la actitud de que no había nada que no pudiera solucionarse, ningún pleito o problema, la relación estaba al 100%, y no había alarma donde yo pudiera pensar que estaba mal. Pero a las pocas semanas, creció el enojo, el llanto, el sufrir. ¡Yo no queria tiempo! Yo ya estaba lista para formalizar y lo menos que quería era estar separada de él. En ese tiempo convivíamos demasiado, dormíamos todos los fines juntos, íbamos a pasar tiempo con su familia, con mi familia, con nuestros amigos… vaya, teníamos actividades, me sentía muy unida a él. Sé que sueno repetitiva, pero necesito decirlo para que todos estemos en el mismo canal. 

Total, muy a huevo le di su dichoso tiempo. Seguíamos hablando y viéndonos con menos frecuencia, pero cuando nos veíamos todo seguía como si fuéramos novios, nada cambiaba, solo la frecuencia del contacto telefónico, punto, y éstas pocas veces siempre me hacía saber que me extrañaba, me repetía que me necesitaba, pero había algo nuevo. Una vibra rara. 

Gabo cambió de un día para el otro. Comenzó a ser otra persona que yo desconocía. De repente nos peleábamos, pero en medio de la histeria me decía que lo esperara. “Nos vamos a casar, Ángie.” Siempre remataba con eso y me tranquilizaba. Yo de su pendeja, lo esperé. No iba a mandar a volar casi nueve años de relación al carajo por un momento de cold feet. 

Comencé a sentirme muy frustrada por que no reanudábamos. No pasaba nada, pero pasaba todo al mismo tiempo. Así estuve unos 4 meses en el Limbo, donde yo ya no sabía si esperar o no, si comenzar mi vida de soltera o qué hacer.

Como toda persona confundida emocionalmente, traté de mantenerme ocupada, frecuenté a mis amigas más de lo normal. Una de esas noches conocí a un chico guapísimo, Alex, que pasó su tiempo haciéndome cumplidos, hablándome bonito, invitándome a salir por días; pero no, lo bateé de mil formas por que yo no le podía hacer eso a Gabriel.

Nunca había estado tan confundida. A veces daba por terminada la relación porque pasaban días sin hablar, donde me preguntaba si le daba una oportunidad a este hombre maravilloso, pero justo ahí me marcaba Gabo para decirme que me amaba. Que no se me olvidara. 

Recuerdo también un día que una amiga de mi mamá me comentó verlo tomado de la mano con una mujer que obvio no era yo. Primero no le creí, después me convencí de que no había problema por que we were on a break, ¿cierto?

Hasta que llegó LA llamada. Me marcó un jueves en la tarde. “Necesito verte,” me dijo. Entonces lo invité a mi casa.

Llegó como a las 10 de la noche, pero ahora en lugar de tocar el timbre, como siempre, me mandó un mensaje para avisarme que estaba afuera. Salí. Por la cara que traía, le dije que fuéramos al patio a platicar.

Se sentó en una de las sillas, yo del otro lado de la mesa, y sin titubear, soltó las 11 palabras más duras que he tenido que escuchar:

“Amor, embaracé a una chava. Me voy a casar con ella.” 

Me tomó un par de segundos confirmar lo que estaba escuchando, y justo cuando yo iba a brincar del otro lado de la mesa para golpearlo, comenzó a gritar, ¡Perdón! ¡Soy un pendejo! Perdóname, Ángela. ¡Perdón! Seguido por un llanto desesperado.

Sí, ¡el pendejo se puso a llorar! ¡Cuando a la que le tocaba llorar, gritar y patalear era a mi!

Mi papel esa noche se desarrolló en estar viéndolo berrear, tratando dar explicaciones, levantando cada vez más la voz, de repente mi mirada se iba a su tic de ansiedad en su pierna izquierda. Todo en cámara lenta y sin entender ni una sola palabra. Hablaba y hablaba y hablaba.

Yo recargué los codos sobre la mesa. Las yemas de mis dedos tocaban mi boca no sé si para mantenerme callada, por que estaba sorprendida que este idiota que tengo parado enfrente no sé quién es y por qué está en mi casa.

De repente empezó a decir cosas como, “Nunca te voy a perder el paso. Siempre voy a estar al pendiente de ti.”

¿Qué chingados quería decir con eso? ¿de qué me sirve esa información? El hombre ya tenía una familia esperándolo y ahora me sale con que siempre va a estar al tanto de mi. Qué huevotes.

Hasta que me tenía hasta la madre le dije, “¡Hey! Ya cállate,” por que ahora me tocaba a mi. Tras un montón de preguntas que me contestó cabisbajo, me dio el nombre de la pobre mujer que lo va a tener que aguantar, y como a los dos minutos me cayó el veinte que era la puta de la oficina que tantas veces él me había platicado que se metía con todos. Lo que nunca me platicó es que él era uno de ellos. Le grité como nunca a nadie. Tenía deseos reales de herirlo físicamente. Me hizo pedacitos el corazón.

Mandó al carajo 8 años por unos minutos de sexo con la prostituta del trabajo.

Ya estando con ella, me buscó un par de veces. Ahí estaba haciéndole a la otra lo mismo que a mi.

De esa noche, ya pasó un año donde aún no entiendo por qué no me cortó y ya. El dolor no me lo ahorraba, claro, pero me hubiera quedado con una imagen de él más honesta, y por respeto a los años juntos, creo que yo merecía un proceso menos doloroso. Aunque al parecer, todo eso se lo pasó por el arco del triunfo. A mi y a nuestras familias. Su mamá y yo lloramos hasta cansarnos al despedirnos. Horrible.

Un par de semanas después de la noticia, la amiga de mi mamá estaba en la casa. Quise preguntarle si era ella la mujer con la que lo había visto tomado de la mano -por que Gabriel a los cuatro días puso una foto con ella en Facebook. Para mi sorpresa, esta señora me dijo que no. “La niña con la que estaba tenía el pelo corto y rubio. Esta lo tiene negro. No es ella.”

Así que empecé a atar cabos. No dormí pensando que durante el break, Gabriel estuvo con su ahora esposa todo el tiempo. Pero no. Traía a la esposa, a mi, y a una rubia. Y quién sabe a cuántas más.

La lista de gente que Gabriel lastimó creció demasiado rápido. Para mi sorpresa, de más. Aún cuando le pedí a todo mudo que no tomaran “equipos” parece que mucha gente se sintió igual de traicionada que yo. No sé por qué. Creo que hasta algunos de sus mejores amigos le dejaron de hablar.

Mucho ha pasado en 13 meses. Ahora ellos viven en la casa que yo escogí para su hija. De este lado de la historia, conseguí un nuevo y mejor trabajo, he conocido a grandes personas, a hombres que me han dado esperanzas de creer en el amor otra vez, y mis amigos y mi familia nunca han estado tan unidos.

Aunque no ha sido fácil, ya di el paso a agradecerle a Gabriel haberla cagado tan en grande. Ese fue el acto de amor que más le agradezco, dejarme en libertad.

Ahora entiendo por qué todos los que estamos aquí escribimos la historia en tiempo pasado, hasta que ya lo podemos digerir, por que revivirla una y otra vez, hace más profunda la herida. No es fácil teclear estas palabras. Aplaudo a quién lo hace.

Hay golpes, tropiezos, vergüenzas que nunca superarás, pero también hay muros que se construyen solos para evitar que crucemos al otro lado, a una vida llena de engaños. Espero que quien esté pasando por algo similar, pueda entender eso pronto.

Finalmente, quiero agradecerle a esa tercera persona habérselo llevado de mi vida.

Q.E.P.D. los años con Gabriel.

Felicidades a La Fosa Común, en su primer aniversario. 

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